En vísperas de la Jornada Mundial de la Paz el próximo 1 de enero, me viene a la memoria el grito del pueblo latinoamericano: ”¡Paz se escribe con pan!”. En Navidad nos hemos deseado la paz; toca ahora trabajar por lograrla.
Sin pan no hay paz. Tampoco sin justicia. “La paz es fruto de la justicia” decía el profeta Isaías, y lo repetía Pablo VI, que añadía, además: “El desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. El desarrollo de todo hombre, y el desarrollo de todo el hombre.
Esas palabras no han sido escuchadas, y así nos va. Entre todos hemos hecho realidad las palabras del economista brasileño Celso Furtado que dijo hace cuarenta años, que si el mundo no rectificaba su rumbo, en el futuro habría sólo dos clases de personas: las que no comen y las que no duermen: las que no comen, por falta de comida; las que no duermen, por miedo a dormirse y a lo que pudieran hacerles, mientras tanto, los que no comen. Hoy, cientos de millones de personas no comen; y otros cientos de millones dormimos con miedo, protegidos por rejas en ventanas y fronteras; y por policías, guardias, y sofisticados sistemas de seguridad.
El Papa Benedicto XVI titula su Mensaje para el 1 de Enero: “Combatir la pobreza, construir la paz” y recuerda, entre otras consideraciones, que “la lucha contra la pobreza necesita hombres y mujeres que vivan en profundidad la fraternidad y sean capaces de acompañar a las personas, familias y comunidades, en el camino de un auténtico desarrollo humano”.
En tiempos de crisis debemos creer y proclamar que “¡Otro mundo es posible!”, que “¡Otro mundo es necesario!”. Harán falta mucha imaginación, mucha voluntad política y mucha solidaridad para salir adelante. Pero no nos equivoquemos: con parches, y sin combatir las causas de un orden social mundial que genera injusticia no lograremos ni la paz, ni la seguridad. ¡Nuestros enemigos no son los pobres! ¡Nuestro enemigo es la pobreza!
¡Feliz 2009, y manos a la obra!
Hasta dentro de dos semanas.
lunes, 29 de diciembre de 2008
lunes, 15 de diciembre de 2008
¡FELIZ NAVIDAD!
Como todos los años el Colegio iba a representar una obra de teatro sobre la Navidad. Ese año, sin embargo, había un problema: a un alumno le costaba muchísimo aprender las cosas de memoria. La maestra dudaba de que fuera capaz de recordar el texto a recitar y pensó excluirle, pero, al final, y por no causarle dolor, decidió que actuara si bien le dio un papel en el que tenía muy poco que decir: sería el posadero de Belén.
El niño, con gran esfuerzo y entusiasmo, aprendió su frase: “¡No, lo siento, pero no tenemos sitio! ¡Está todo ocupado!”, y la repetía varias veces al día.
El día de la representación el salón de actos estaba lleno de padres, de abuelos, de hermanos, todos emocionados y expectantes. Por fin llegó el momento tan temido por la maestra, cuando José y María llamaron a la puerta de la posada.
El niño-posadero abrió la puerta, y sonriente y seguro de sí mismo, empezó a recitar: “No, lo siento…”, pero al ver a José tan cansado, y a María tan gordita que parecía que iba a dar a luz allí mismo, se interrumpió y exclamó, lleno de alegría: “¡Pasen, pasen! ¡Está todo lleno pero ya nos arreglaremos! ¡La señora dormirá en mi cama, y para nosotros dos ya buscaremos algo!”
Se hizo un intenso silencio en el teatro. Muchos ojos, los de la maestra entre ellos, se llenaron de lágrimas.
Federico Mayor Zaragoza dice que, en un mundo en el que está todo tan programado, “sólo lo inesperado genera esperanza”. El niño posadero hizo algo inesperado; ¿y nosotros? ¿Haremos sitio para lo inesperado en nuestra vida?
En Navidades, regálense austeridad; regálense compartir. Y regálense tiempo. Tiempo en familia, en torno a la mesa, con esos juegos que necesitan de pocas pilas, y sí de muchas risas. Tiempo, juntos. Era el peor chiste del mundo, contado por la persona que peor cuenta chistes en el mundo; y, sin embargo, al día siguiente, un muchacho decía
– emocionado – a su amigo. “¡Ayer mi padre me contó un chiste!”.
Feliz Navidad
Hasta dentro de dos semanas.
El niño, con gran esfuerzo y entusiasmo, aprendió su frase: “¡No, lo siento, pero no tenemos sitio! ¡Está todo ocupado!”, y la repetía varias veces al día.
El día de la representación el salón de actos estaba lleno de padres, de abuelos, de hermanos, todos emocionados y expectantes. Por fin llegó el momento tan temido por la maestra, cuando José y María llamaron a la puerta de la posada.
El niño-posadero abrió la puerta, y sonriente y seguro de sí mismo, empezó a recitar: “No, lo siento…”, pero al ver a José tan cansado, y a María tan gordita que parecía que iba a dar a luz allí mismo, se interrumpió y exclamó, lleno de alegría: “¡Pasen, pasen! ¡Está todo lleno pero ya nos arreglaremos! ¡La señora dormirá en mi cama, y para nosotros dos ya buscaremos algo!”
Se hizo un intenso silencio en el teatro. Muchos ojos, los de la maestra entre ellos, se llenaron de lágrimas.
Federico Mayor Zaragoza dice que, en un mundo en el que está todo tan programado, “sólo lo inesperado genera esperanza”. El niño posadero hizo algo inesperado; ¿y nosotros? ¿Haremos sitio para lo inesperado en nuestra vida?
En Navidades, regálense austeridad; regálense compartir. Y regálense tiempo. Tiempo en familia, en torno a la mesa, con esos juegos que necesitan de pocas pilas, y sí de muchas risas. Tiempo, juntos. Era el peor chiste del mundo, contado por la persona que peor cuenta chistes en el mundo; y, sin embargo, al día siguiente, un muchacho decía
– emocionado – a su amigo. “¡Ayer mi padre me contó un chiste!”.
Feliz Navidad
Hasta dentro de dos semanas.
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