DOMINGO 15 DE MARZO 2009
Señor Jesús; María, Madre nuestra, aquí tenéis, ante vosotros, a los hijos e hijas de Cádiz que venimos a honraros y a recibir de vosotros, luz, consuelo y fortaleza.
Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad Sacramental, Venerable y Marianista Cofradía de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Caído y de María Santísima de los Desamparados,
Señor Presidente del Consejo local de Hermandades y Cofradías,
Hermanos Mayores y Representantes de las Cofradías de la ciudad que hoy nos acompañáis.
Hermanos y fieles todos,
Bienvenidos a esta Función Principal. Que el Padre, en palabras amadas por de Francisco, en cuyo templo estamos, os bendiga, os guarde, os muestre su rostro misericordioso, y os conceda su paz.
Durante este Triduo, Jesús, María nuestra Madre, hemos caminado con vosotros en busca de quien está caído, del herido, del pobre, del que sufre, para anunciarle una palabra de vida, de liberación. Para ponerlo en pie.
Durante estos días del Triduo, Señor, hemos escuchado tu palabra y te hemos contemplado a Ti, Palabra viva, y hemos aprendido cómo nos quieres padres los unos de los otros, padres que otean el horizonte en busca del hijo perdido, que corren hacia él, lo abrazan, festejan su retorno.
Durante estos días, María, te hemos sentido muy cerca de Jesús y de nosotros. Hablando con tu vida, porque para predicar no hacen falta palabras. De Ti hemos aprendido cómo ser madre para los demás, una madre que acoge, que espera, que confía, que consuela, que da fuerza a sus hijos, y parte con ellos en misión.
Os hemos acompañado, Señor, pero ahora tu camino está a punto de concluir. Tu corazón palpita desbocado y lleno de alegría, a la vista, todavía lejana, de Jerusalén, y escucho con qué fuerza cantabas, con tu pueblo, el salmo 121: “¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la Casa del Señor! “.
¡Al fin, Jerusalén! “Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén”. Por fin, Señor, tras tantas caminatas, ¡la ciudad de David!, ¡la ciudad de la paz! Ya has llegado, Señor: y lo primero, ¡el Templo!
Y al llegar, ¡qué jarro de agua fría, qué hondo desengaño! ¡Aquello era un mercado! La casa de tu Padre, el lugar del encuentro entre el cielo y la tierra, ¡un mercado! En tu corazón, Señor, ya no gozo: dolor y desconcierto.
Y ¿qué hiciste, Señor? ¿Te quedaste en silencio, sentado en un rincón, con los ojos llorosos y los brazos cruzados? ¿Abandonaste el Templo, diciendo pesaroso. “¡qué mal están las cosas! ¡ qué bajo hemos caído!”.
¡No, Señor! ¡Ni una cosa ni otra: ni cruzado de brazos, ni huyendo pesaroso! Nos cuenta el Evangelio que, de pronto, un huracán potente barrió todo el mercado, purificando el templo. Y ese huracán, ese fuerte tornado de celo por la casa del Padre, eras Tú, mi Señor, inflamado del fuego del Espíritu, sin resignarte al mal, combatiéndolo, hasta acabar con él.
“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” Tu voz sonó potente, Señor; tan alto, que aún podemos nosotros escucharla. “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Con la voz y al fuerza de los viejos profetas. Con la fuerza de quien tenía en sí la potencia que liberó al pueblo del Egipto de ayer, y que nos dice hoy: “No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos”.
No pudiste, Señor, quedarte impasible ante lo que sucedía en tu templo, porque era un contra Dios; porque era lo contrario al plan de salvación, a la Alianza ofrecida a tu Pueblo.
A tu llegada al templo, Jesús, recordaste, tal vez, a Moisés cuando bajó del monte y encontró a los israelitas adorando al becerro. En un momento, pasó por tu cabeza la historia de tu pueblo. Les habíais ofrecido una Alianza de libertad, unas orientaciones –mandamientos, los llamamos, con el salmo, nosotros – que lejos de ser obstáculos para su caminar, eran la garantía de una vida feliz, de un pueblo en paz, justo, reconciliado. Pero esos mandamientos, más preciosos que el oro, tu pueblo no los quiso. Prefirió hacerse un toro, un becerro de oro, para adorar, primero al animal, y, al final, solo al oro.
Y a tu llegada al Templo, viste cómo aquella historia se repetía. Una vez más, tu pueblo, despreciando la ley de libertad, prefería la soga del esclavo, las cebollas de Egipto.
A tu llegada al Templo no encontraste un espacio sagrado donde el hombre podía relacionarse con su Dios como un hijo lo hace con su padre; ni viste que los hombres se llamasen “hermanos”.
Viste, Señor, que todo tenía un precio; que todo se compraba, que todo se vendía.
Y no pudiste más. Y acabaste con todo, ovejas, y bueyes, primero; y luego, los cambistas. “A los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas”.
Las monedas, ¿por qué? Tal vez por tu cabeza, Señor, pasó lo que sucedió cuando unos escribas quisieron ponerte a prueba y te dijeron si había que pagar o no el impuesto a Roma. Tras mostrarte una moneda, les dijiste que si la imagen allí representada era del César, le diesen lo que era suyo; pero el hombre no; pero la mujer no, nunca: porque el hombre, porque la mujer, son imagen de Dios “A imagen de Dios los creó. Hombre y mujer los creó”, y a nadie pertenecen. Y a ningún poder o ídolo hay que venderlos o sacrificarlos. Porque no son imagen de Dios, y no de ningún César.
Por amor acabaste con todo aquel mercado. Porque nos quieres libres, hermanos, solidarios, no esclavos, no números, no cosas.
Señor de la libertad, hoy que estás en medio de nosotros, ¿qué tienes que decirnos?
Oigo tu voz con fuerza que dice que el hombre es imagen de Dios, y no de la crisis o de la economía. Te escucho que proclamas que el hombre no está hecho para el poder o el dinero o el mercado, sino que éstos están hechos para el hombre y para servirlo.
Te veo, Señor, lleno de celo por tus hijos e hijas, diciéndonos a todos que el Templo de la vida no puede estar tan lleno de dolor, de indiferencia, de gente que – tratadas como números – pierden casas, trabajos, esperanza, futuro.
Te veo en medio de las plazas y calles diciéndonos, con fuerza, que el hombre está en peligro y que tenemos que volver al respeto, al abrazo fraterno, a la solidaridad, a la sabiduría santa de aquellos mandamientos, más sabia que el saber del dinero, la avaricia, el engaño.
Te veo en medio de nosotros, Señor de la Utopía, no conformándote con lo que está pasando, con tantos pueblos que yacen en pobreza y en sombras de muerte; con tantas familias, también entre nosotros, angustiadas por lo que viven hoy, y más por el futuro.
Te veo Señor, no cruzado de brazos, ni abandonando el Templo. Te veo entre nosotros, diciéndonos que no permitamos que la imagen de Dios sea tan maltratada. Que nadie disponga de la vida y la muerte, porque el hombre es imagen de Dios y no del César. Que se respete la vida, aún antes de nacer, porque la vida no empieza con el nacimiento; y que se respete la vida, aún después de nacer, porque la vida no termina con el nacimiento.
Y te veo Jesús, veo a tu Madre, paseando, no solo el Martes Santo sino todos los días de la Semana Santa y del año completo, por las calles de Cádiz, por las calles del mundo, diciéndonos que no dejemos que nadie esté caído por el dolor, la soledad, el abandono, la crisis; nadie caído, y levantando a todos, porque no somos cosas, somos hijos e hijas de Dios.
Y te veo, Señor de lo Imposible, diciéndonos que no nos asustemos; que si son muchos los problemas, más fuerte tiene que ser nuestro coraje. Y diciendo a los que nos gobiernan que no son éstos momentos de discusiones, y sí de acuerdos. Y diciendo a todos los cristianos y a todas las personas, que éstos son momentos de pensar en el otro, de compartir, de traer esperanza, con nuestra vida, con nuestros gestos, a quien está sufriendo.
Y te veo, Señor, y a tu Madre, María, hablando a nuestros corazones, diciéndonos, con palabras de Don Antonio, nuestro Obispo, que podemos entregar el 10% de nuestro salario a Cáritas Diocesana para los afectados por la crisis; y a nuestros Cabildos y Juntas de Gobierno, que de sus propios ingresos hagan también un signo visible de solidaridad y sobriedad.
Aunque nos cueste, y nos cueste explicarlo, esta Semana Santa ¿no debe ser más sobria? Para ayudar a las familias que están sufriendo de manera sangrante, para ayudar a los parados, a los que están perdiendo toda esperanza; entre nosotros, y lejos de nosotros.
Señor, ya estás en Jerusalén. Ya estás en Cádiz. Una vez más, bajo las distintas advocaciones de Cofradías y Hermandades, vas a recorrer nuestras calles y plazas. Una vez más, A Ti, y a tu Madre, volveremos nuestros ojos, implorando perdón, ayuda, confianza.
Convierte; Señor, nuestros corazones, quita la dureza de piedra que hay en ellos; danos un corazón nuevo, de hermanas y de hermanos. Para que cuando los ojos te Cádiz os contemplen, Jesús, María, nos digáis: no estamos en la calle solo una vez al año, sino todos los días. Porque en todo cristiano, en todo Cofrade, en todo Hermano, ahí estamos nosotros, amándoos, no permitiendo que os maltraten o malvendan, porque sois preciosos a los ojos de Dios, y no permite que os sacrifiquen a ningún ídolo.
Con oración volcada en poesía termino ya, pidiendo la bendición del Padre para todos.
ORACION A NUESTRO PADRE JESÚS CAÍDO
Y MARÍA SANTÍSIMA DE LOS DESAMPARADOS
Abrazado a la cruz, Jesús amado,
Caminas, mi Señor, y es tu camino
Descanso, luz, y paz del peregrino
Que por tu amor ha sido rescatado.
Caído en tierra, rostro torturado,
Mano en el suelo, salvador divino
Te miro, mi Jesús, y en Ti adivino
A mi amado Señor resucitado.
No está solo, Jesús, que está tu Madre,
Amparo maternal, dulce consuelo,
Velando compasiva por sus hijos.
Esclava del Señor, Hija del Padre,
Míranos ante Ti, Puerta del Cielo,
Los ojos, Madre, en los tuyos fijos.