lunes, 23 de marzo de 2009

Más sobre La Pepa

Más sobre La Pepa

 

Publicado en Diario de Cádiz el 23 de marzo de 2009

 

El día 19 el Ateneo me invitó a decir unas palabras ante el Oratorio de San Felipe Neri en homenaje a la Constitución de 1812. Para sorpresa de alguno, comencé leyendo el Decreto de 4 de mayo de 1814, de Fernando VII: "Declaro: que mi Real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución ni a Decreto alguno de las Cortes… sino el declarar aquella Constitución y tales Decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si ni hubiesen pasado jamás tales actos, y se quitasen de en medio del tiempo". ¡Vaya con El Deseado, que condenaba a "la pena de la vida", es decir, a la pena de muerte, a quien exhortara a favor de la Constitución!

Yo, a mi vez, declaré que de quien no se acuerda nadie es de Fernando VII, y que su club de fans lleva años cerrado por carecer de socios, al tiempo que La Pepa, y su tataranieta, la Constitución de 1978, lucen cada día más lozanas y hermosas.

Los cronistas de aquel 19 de marzo cuentan que los cañones de Cádiz celebraban La Pepa, mientras que, al otro lado de la Bahía, los cañones franceses festejaban el santo de su Rey, José I.

A veces me pregunto cómo nos hubiera ido si en vez de Constitución del 12 y Fernando VII, hubiéramos tenido Constitución del 12, y José I. Una exposición en Madrid sobre su reinado(1808-1813), ha revelado aspectos muy interesantes de ese rey ignorado y despreciado. De hecho, su club de fans no para de crecer. Conociendo mejor al rey desconocido, y al currículum de El Deseado, uno sueña pesando lo imposible: que en vez de enfrentamiento, hubiera habido entendimiento. La historia no está para rehacerla, pero tal vez sí para soñarla, sobre todo, si ese sueño de lo que no fue ayer nos permite evitar errores en lo que debe ser hoy, y nos invita a intentar que ojalá no haya orillas entre nosotros que, lejos de entenderse, hagan cada una de ellas la guerra por su cuenta. ¡Orillas: silencien sus cañones, e inviten a tertulias! No fue posible entonces; ¿podría serlo hoy?

 

domingo, 22 de marzo de 2009

Chaminade


CHAMINADE

El 22 de enero la Familia Marianista de Cádiz ha recordado a su fundador, el beato Guillermo-José Chaminade.

Chaminade (1761-1850), fue un hombre muy activo. Para anunciar el Evangelio, fundó la Familia Marianista (formada por laicos, religiosas y religiosos marianistas), que trabajan en colegios, parroquias, obras de desarrollo social, misiones, etc.

Chaminade creía en los laicos, hombres y mujeres; cuidaba su espiritualidad y su formación. Les impulsaba al voluntariado social y a formar comunidades. Confiaba en ellos: estaba a su lado, sin asfixiarles con su control.

Chaminade sabía escuchar. Tenía tiempo para los demás. Amaba el diálogo, y respetaba los ritmos personales. Pedía, “no rechazar como malo lo que no es absolutamente bueno”, porque también hay verdad en quienes no piensan como nosotros. Juan Pablo II, al beatificarle el 3-9-2000, destacó la creatividad del P. Chaminade “para llegar a quienes se han alejado de la Iglesia”.

Chaminade sabía educar. El educador marianista, lejos de imponer la religión, “la debe insinuar en el espíritu y en el corazón de los hombres”, escribió en 1838.

Al llegar a Polonia se nos dijo que los marianistas no tendríamos éxito por tres razones: porque no hablamos del diablo y del infierno; porque damos mucha importancia a los laicos en la Iglesia; y porque presentamos a María, no como la Reina que vence el mal, sino como la creyente y discípula de Jesús, que acoge, escucha y acompaña a sus hijos. Es verdad, no hemos crecido en Polonia; mas no por ello dejamos de hablar más del bien que del mal (“no sólo el mal; también el bien se contagia”, decía Chaminade); y seguimos creyendo en una Iglesia-Pueblo de Dios en la que todos los bautizados tienen una misión que realizar, y en la que María nos indica cómo deben ser las relaciones entre nosotros. En Cádiz y en Polonia nos sentimos orgullosos de la vida y palabras de nuestro fundador, y seguimos inspirándonos en ellas. ¡Aunque no tengamos éxito!

Hasta dentro de dos semanas

jueves, 19 de marzo de 2009

ANTE EL ORATORIO DE SAN FELIPE NERI

PALABRAS PRONUNCIADAS ANTE EL ORATORIO DE SAN FELIPE NERI, EL 19 DE MARZO DE 2009, EN UN ACTO ORGANIZADO POR EL ATENEO DE CÁDIZ. 

Sr. Presidente del Ateneo de Cádiz, Señores Ateneístas, amigos todos, 

"Declaro: Que mi Real ánimo es no solamente no jurar ni acceder a dicha Constitución ni a decreto alguno de las Cortes generales y extraordinarias y de las ordinarias actualmente abiertas, a saber, los que sean depresivos de los derechos y prerrogativas de mi Soberanía, establecidas por la Constitución y las leyes en que de largo tiempo la nación ha vivido, sino el declarar aquella Constitución y tales Decretos nulos y de ningún valor ni efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo…Y como el que quisiere sostenerlos y contradixere esta mi Real declaración…declaro reo de lesa Majestad a quien tal osare o intentare, y como a tal se le imponga la pena de la vida, ora lo execute de hecho, ora por escrito, o de palabra, moviendo o incitando, o de cualquier modo exhortando y persuadiendo a que se guarden y observen dicha Constitución y decretos" 

(Decreto del rey Fernando VII, dado en Valencia el 4 de mayo de 1814)  
 
 

Apenas regresado a España, a esa nación que tanto había creído en él y por el que miles de españoles arriesgaron y entregaron sus vidas, Fernando VII, el Deseado, pronuncia las palabras que acabamos de escuchar. 

No solamente no reconoce o jura la Constitución de 1812, sino que la declara nula y sin ningún  valor o efecto, ahora ni en tiempo alguno, como si no hubiesen pasado jamás tales actos y se quitasen de en medio del tiempo… 

Y condena  a que se imponga la pena de la vida, es decir, se ajusticiase, a quien, por el medio que fuere, exhorte y persuada a que se guarden y observen dicha Constitución y sus Decretos. 

Infame, Fernando VII. No "El Deseado", sino "El Desagradecido"; y "Desdichado" el pueblo que en ti confió, y al que tú tan cruelmente traicionaste. 

Pues yo a mi vez DECLARO, Fernando VII, que de quien no se va a acordar la historia con  juicio benevolente es de ti; y que si no fuera por estas palabras, nadie te nombraría hoy en este Cádiz que, gozoso festeja una vez más, 197 años más tarde, la Constitución de 1812.  

La Pepa, fue plantada, y cuidada con cariño, por la Nación Española,  depositaria de la Soberanía Nacional, por el Pueblo Español; y protegida en los duros periodos de invierno que habría de sufrir con el paso del tiempo. 
 
 
 

Gracias a ese amor y a ese cuidado, hoy la tenemos llena de hojas y de frutos, verde,  lozana, cada vez más hermosa y juvenil, de modo que, como ayer, no solo España sino otros muchos países hermanos de América, vienen con gusto a sentarse bajo su fresca sombra, encontrando  descanso e inspiración para la construcción, en democracia, de sus propias sociedades. 

El árbol que creció de esas raíces doceañistas, y al que hoy llamamos Constitución Española de 1978, sigue necesitando de nuestro cariño y cuidados,  y de que la protejamos de los rigores del invierno que la amenazan; invierno al que hoy llamamos crisis. 

Si entonces, los enemigos de la libertad encontraron un pueblo español unido en torno a su futuro y a sus sueños - aunque, como hemos visto, algunos de los depositarios de esos sueños resultaran ser supremamente indignos de esa confianza -, hoy también la gravedad de la situación económica y social exige que nuestro pueblo y nuestros gobernantes estemos más unidos que nunca, dejando los frívolos juegos florales  de nuestras divisiones para tiempos en que podamos permitírnoslas, y no  en los actuales, en que hay tantas  personas, tantas familias amenazadas. 

¡Ojala los de hoy, jóvenes del Colegio San Alberto Magno (*), y nosotros Ateneístas y Gaditanos, sepamos estar a la altura de las circunstancias, como lo estuvieron los de ayer! 

Y ahora, para terminar, les invito a  repetir conmigo. 

¡VIVA LA CONSTITUCIÓN DE CADIZ DE 1812¡ ¡VIVA LA PEPA! 

(*) Los alumnos del Colegio San Alberto Magno, de Monforte del Cid, Alicante, fueron los ganadores del I Concurso Nacional sobre la Constitución de 1812 convocado por La Fundación SM, el Consorcio para la Conmemoración del Bicentenario de la Constitución de 1812, y el Colegio San Felipe Neri.  

domingo, 15 de marzo de 2009

Frente a Ntro. Padre Jesús Caido - Domingo 15 de marzo, 2009

DOMINGO 15 DE MARZO 2009

Señor Jesús; María, Madre nuestra, aquí tenéis, ante vosotros, a los hijos e hijas de Cádiz que venimos a honraros y a recibir de vosotros, luz, consuelo y fortaleza.

Querido Hermano Mayor y Junta de Gobierno de la Hermandad Sacramental, Venerable y Marianista Cofradía de Penitencia de Nuestro Padre Jesús Caído y de María Santísima de los Desamparados,

Señor Presidente del Consejo local de Hermandades y Cofradías,

Hermanos Mayores y Representantes de las Cofradías de la ciudad que hoy nos acompañáis.

Hermanos y fieles todos,

Bienvenidos a esta Función Principal. Que el Padre, en palabras amadas por de Francisco, en cuyo templo estamos, os bendiga, os guarde, os muestre su rostro misericordioso, y os conceda su paz.

Durante este Triduo, Jesús, María nuestra Madre, hemos caminado con vosotros en busca de quien está caído, del herido, del pobre, del que sufre, para anunciarle una palabra de vida, de liberación. Para ponerlo en pie.

Durante estos días del Triduo, Señor, hemos escuchado tu palabra y te hemos contemplado a Ti, Palabra viva, y hemos aprendido cómo nos quieres padres los unos de los otros, padres que otean el horizonte en busca del hijo perdido, que corren hacia él, lo abrazan, festejan su retorno.

Durante estos días, María, te hemos sentido muy cerca de Jesús y de nosotros. Hablando con tu vida, porque para predicar no hacen falta palabras. De Ti hemos aprendido cómo ser madre para los demás, una madre que acoge, que espera, que confía, que consuela, que da fuerza a sus hijos, y parte con ellos en misión.

Os hemos acompañado, Señor, pero ahora tu camino está a punto de concluir. Tu corazón palpita desbocado y lleno de alegría, a la vista, todavía lejana, de Jerusalén, y escucho con qué fuerza cantabas, con tu pueblo, el salmo 121: “¡Qué alegría cuando me dijeron, vamos a la Casa del Señor! “.

¡Al fin, Jerusalén! “Se acercaba la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén”. Por fin, Señor, tras tantas caminatas, ¡la ciudad de David!, ¡la ciudad de la paz! Ya has llegado, Señor: y lo primero, ¡el Templo!

Y al llegar, ¡qué jarro de agua fría, qué hondo desengaño! ¡Aquello era un mercado! La casa de tu Padre, el lugar del encuentro entre el cielo y la tierra, ¡un mercado! En tu corazón, Señor, ya no gozo: dolor y desconcierto.


Y ¿qué hiciste, Señor? ¿Te quedaste en silencio, sentado en un rincón, con los ojos llorosos y los brazos cruzados? ¿Abandonaste el Templo, diciendo pesaroso. “¡qué mal están las cosas! ¡ qué bajo hemos caído!”.

¡No, Señor! ¡Ni una cosa ni otra: ni cruzado de brazos, ni huyendo pesaroso! Nos cuenta el Evangelio que, de pronto, un huracán potente barrió todo el mercado, purificando el templo. Y ese huracán, ese fuerte tornado de celo por la casa del Padre, eras Tú, mi Señor, inflamado del fuego del Espíritu, sin resignarte al mal, combatiéndolo, hasta acabar con él.

“No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” Tu voz sonó potente, Señor; tan alto, que aún podemos nosotros escucharla. “No convirtáis en un mercado la casa de mi Padre”. Con la voz y al fuerza de los viejos profetas. Con la fuerza de quien tenía en sí la potencia que liberó al pueblo del Egipto de ayer, y que nos dice hoy: “No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos”.

No pudiste, Señor, quedarte impasible ante lo que sucedía en tu templo, porque era un contra Dios; porque era lo contrario al plan de salvación, a la Alianza ofrecida a tu Pueblo.

A tu llegada al templo, Jesús, recordaste, tal vez, a Moisés cuando bajó del monte y encontró a los israelitas adorando al becerro. En un momento, pasó por tu cabeza la historia de tu pueblo. Les habíais ofrecido una Alianza de libertad, unas orientaciones –mandamientos, los llamamos, con el salmo, nosotros – que lejos de ser obstáculos para su caminar, eran la garantía de una vida feliz, de un pueblo en paz, justo, reconciliado. Pero esos mandamientos, más preciosos que el oro, tu pueblo no los quiso. Prefirió hacerse un toro, un becerro de oro, para adorar, primero al animal, y, al final, solo al oro.

Y a tu llegada al Templo, viste cómo aquella historia se repetía. Una vez más, tu pueblo, despreciando la ley de libertad, prefería la soga del esclavo, las cebollas de Egipto.

A tu llegada al Templo no encontraste un espacio sagrado donde el hombre podía relacionarse con su Dios como un hijo lo hace con su padre; ni viste que los hombres se llamasen “hermanos”.

Viste, Señor, que todo tenía un precio; que todo se compraba, que todo se vendía.


Y no pudiste más. Y acabaste con todo, ovejas, y bueyes, primero; y luego, los cambistas. “A los cambistas les esparció las monedas y les volcó las mesas”.

Las monedas, ¿por qué? Tal vez por tu cabeza, Señor, pasó lo que sucedió cuando unos escribas quisieron ponerte a prueba y te dijeron si había que pagar o no el impuesto a Roma. Tras mostrarte una moneda, les dijiste que si la imagen allí representada era del César, le diesen lo que era suyo; pero el hombre no; pero la mujer no, nunca: porque el hombre, porque la mujer, son imagen de Dios “A imagen de Dios los creó. Hombre y mujer los creó”, y a nadie pertenecen. Y a ningún poder o ídolo hay que venderlos o sacrificarlos. Porque no son imagen de Dios, y no de ningún César.
Por amor acabaste con todo aquel mercado. Porque nos quieres libres, hermanos, solidarios, no esclavos, no números, no cosas.

Señor de la libertad, hoy que estás en medio de nosotros, ¿qué tienes que decirnos?

Oigo tu voz con fuerza que dice que el hombre es imagen de Dios, y no de la crisis o de la economía. Te escucho que proclamas que el hombre no está hecho para el poder o el dinero o el mercado, sino que éstos están hechos para el hombre y para servirlo.

Te veo, Señor, lleno de celo por tus hijos e hijas, diciéndonos a todos que el Templo de la vida no puede estar tan lleno de dolor, de indiferencia, de gente que – tratadas como números – pierden casas, trabajos, esperanza, futuro.

Te veo en medio de las plazas y calles diciéndonos, con fuerza, que el hombre está en peligro y que tenemos que volver al respeto, al abrazo fraterno, a la solidaridad, a la sabiduría santa de aquellos mandamientos, más sabia que el saber del dinero, la avaricia, el engaño.

Te veo en medio de nosotros, Señor de la Utopía, no conformándote con lo que está pasando, con tantos pueblos que yacen en pobreza y en sombras de muerte; con tantas familias, también entre nosotros, angustiadas por lo que viven hoy, y más por el futuro.

Te veo Señor, no cruzado de brazos, ni abandonando el Templo. Te veo entre nosotros, diciéndonos que no permitamos que la imagen de Dios sea tan maltratada. Que nadie disponga de la vida y la muerte, porque el hombre es imagen de Dios y no del César. Que se respete la vida, aún antes de nacer, porque la vida no empieza con el nacimiento; y que se respete la vida, aún después de nacer, porque la vida no termina con el nacimiento.

Y te veo Jesús, veo a tu Madre, paseando, no solo el Martes Santo sino todos los días de la Semana Santa y del año completo, por las calles de Cádiz, por las calles del mundo, diciéndonos que no dejemos que nadie esté caído por el dolor, la soledad, el abandono, la crisis; nadie caído, y levantando a todos, porque no somos cosas, somos hijos e hijas de Dios.

Y te veo, Señor de lo Imposible, diciéndonos que no nos asustemos; que si son muchos los problemas, más fuerte tiene que ser nuestro coraje. Y diciendo a los que nos gobiernan que no son éstos momentos de discusiones, y sí de acuerdos. Y diciendo a todos los cristianos y a todas las personas, que éstos son momentos de pensar en el otro, de compartir, de traer esperanza, con nuestra vida, con nuestros gestos, a quien está sufriendo.

Y te veo, Señor, y a tu Madre, María, hablando a nuestros corazones, diciéndonos, con palabras de Don Antonio, nuestro Obispo, que podemos entregar el 10% de nuestro salario a Cáritas Diocesana para los afectados por la crisis; y a nuestros Cabildos y Juntas de Gobierno, que de sus propios ingresos hagan también un signo visible de solidaridad y sobriedad.


Aunque nos cueste, y nos cueste explicarlo, esta Semana Santa ¿no debe ser más sobria? Para ayudar a las familias que están sufriendo de manera sangrante, para ayudar a los parados, a los que están perdiendo toda esperanza; entre nosotros, y lejos de nosotros.

Señor, ya estás en Jerusalén. Ya estás en Cádiz. Una vez más, bajo las distintas advocaciones de Cofradías y Hermandades, vas a recorrer nuestras calles y plazas. Una vez más, A Ti, y a tu Madre, volveremos nuestros ojos, implorando perdón, ayuda, confianza.

Convierte; Señor, nuestros corazones, quita la dureza de piedra que hay en ellos; danos un corazón nuevo, de hermanas y de hermanos. Para que cuando los ojos te Cádiz os contemplen, Jesús, María, nos digáis: no estamos en la calle solo una vez al año, sino todos los días. Porque en todo cristiano, en todo Cofrade, en todo Hermano, ahí estamos nosotros, amándoos, no permitiendo que os maltraten o malvendan, porque sois preciosos a los ojos de Dios, y no permite que os sacrifiquen a ningún ídolo.

Con oración volcada en poesía termino ya, pidiendo la bendición del Padre para todos.



ORACION A NUESTRO PADRE JESÚS CAÍDO
Y MARÍA SANTÍSIMA DE LOS DESAMPARADOS



Abrazado a la cruz, Jesús amado,
Caminas, mi Señor, y es tu camino
Descanso, luz, y paz del peregrino
Que por tu amor ha sido rescatado.

Caído en tierra, rostro torturado,
Mano en el suelo, salvador divino
Te miro, mi Jesús, y en Ti adivino
A mi amado Señor resucitado.

No está solo, Jesús, que está tu Madre,
Amparo maternal, dulce consuelo,
Velando compasiva por sus hijos.

Esclava del Señor, Hija del Padre,
Míranos ante Ti, Puerta del Cielo,
Los ojos, Madre, en los tuyos fijos.

sábado, 14 de marzo de 2009

Frente a Ntro. P. Jesús Caido. Sábado 14 de Marzo, 2009

SÁBADO 14 DE MARZO 2009


De nuevo, ante Ti, Nuestro Padre Jesús Caído, y ante Ti, María Santísima de los Desamparados. Venimos a alabaros, a contemplaros y, sobre todo, a escucharos. Que el Espíritu de Jesús, que el Padre envía, nos haga comprender todas las cosas, y nos ayude a vivir como cristianos, anunciadores de la Buena Noticia del Reino.

Paz y Bien nos desea Francisco a quienes entramos en su casa. Y ese es también mi deseo, al Hermano Mayor, a los Hermanos de esta Hermandad, así como a todos los fieles aquí reunidos para celebrar este Triduo.

“Un hombre tenía dos hijos”. Así empieza una de las más conmovedoras parábolas de Jesús. En cualquier parte del mundo, en cualquier cultura, en cualquier idioma, cuando un cristiano escucha esas palabras. “Un hombre tenía dos hijos”, experimenta una fortísima emoción, un profundo estremecimiento, porque sabe lo que viene después: la revelación de cómo es Dios, nuestro Padre y cómo se porta con nosotros; de un modo que jamás hubiésemos podido imaginar.

“Un hombre tenía dos hijos”. Y yo, soy uno de ellos. ¿Soy el hijo que se va de la casa del Padre para vivir a mi aire, haciendo lo que quiero, sin responsabilidades? ¿O soy el otro; el que se queda en casa – sin habitarla nunca, con techo y pan, sí, pero sin hacerla hogar - , encerrado en mí mismo, amargado, incapaz de perdonar?

“Dos hijos tenían un padre”. Cuando hablamos de Jesús explicamos sus palabras a partir de su vida, de su propia experiencia: y decimos, por ejemplo, que puede hablar del campo, y de las cosechas, y del fruto que dan las diversas clases de suelo, porque vivió muchos años en la fértil Galilea.

“Dos hijos tenían un padre”. Cuando Jesus nos presenta ese padre, hablaba también de su experiencia propia. Del Padre eterno, con el que Él era una misma cosa; y del padre en la tierra – José – que, junto con María eran “los suyos”, su familia, el hogar en el que había crecido y aprendido a ser hombre.

En el Evangelio de la Eucaristía de ayer leíamos cómo unos viñadores asesinos mataban al hijo, al heredero, para hacerse con la herencia del padre, el dueño de la viña. Hoy, en el Evangelio, hemos leído cómo es el propio hijo el que, al reclamar unos bienes a los que solo podría acceder tras la muerte de su padre, le está diciendo a éste: “Tú no me importas nada. Solo quiero tus cosas. Ojala estuvieses muerto. De hecho, para mí, ya lo estás”.

“Dos hijos tenían un padre”. ¡Y qué padre nos presenta Jesus! Si el del Evangelio de ayer reivindica a su hijo frente a sus asesinos; el de hoy corre hacia el hijo, lo abraza y lo festeja, “porque el que estaba muerto, ha revivido”.

Y al otro hijo, al que se queda ausente de la fiesta - y que a veces soy yo - le dice:”Hijo, tú siempre estás conmigo, y yo siempre contigo”, ¿cómo puedes no estar alegre?”.


Del Padre del cielo y del de su hogar en Nazaret, Jesús ha aprendido qué es ser padre. Y nos lo explica. Padre es el que otea el horizonte para ver al caído y corriendo, lo alcanza, lo abraza, y lo levanta. Padre es el que organiza una fiesta porque el hijo ha revivido, porque es así como nos quiere, erguidos y con vida. Padre es el que invita a la alegría: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba perdido, y lo hemos encontrado”.

Padre, para Jesús, es correr en busca del perdido, abrazarlo, festejar su retorno, rehabilitarlo a los ojos de todos, y hacer que todos gocen por el feliz regreso. Jesús, que ha aprendido qué es ser padre, nos lo explica. Y hace más todavía: nos invita a ser padres los unos de los otros.

Y nosotros, ¿aceptamos el reto? ¿Aceptamos ser padre, es decir, ser abrazo, ser perdón, alegría, festejo, borrón y cuenta nueva…? ¿Aceptamos ser padres, los unos de los otros, al estilo de Cristo?

Conocemos bien la parábola que se nos ha leído en el Evangelio, pero saben: hay otra que tal vez no conozcan. Dice así:

“Un hombre tenía dos hijos. El menor le pidió su herencia y se marchó. Tras gastarse todo el dinero, regresó, pobre y humillado, a su casa. El padre, que estaba tranquilamente tumbado en el jardín de su casa, se enteró por sus siervos que regresaba el hijo. El señor de la casa pidió otra limonada y siguió descansando en el jardín. Cuando algo más tarde los criados le dijeron que el hijo llamaba a la puerta de la casa, y que quería verlo, el padre se indignó, y dijo a sus criados que lo arrojaran fuera. Cuando los criados, compadecidos del estado del hijo, volvieron, suplicantes: “Señor, no lo eches fuera; entendemos que no lo quieras recibir como hijo después de lo que te hizo, pero trátalo al menos como al último de tus criados. Nosotros nos ocuparemos de él y no te volveremos a molestar con este asunto”, por no complicarse la vida y para que le dejaran seguir disfrutando de aquel hermoso atardecer, el señor accedió: “Ponerle en el trabajo más duro y más difícil que haya. Y si volvéis a molestarme con este tema, os arrepentiréis”. Y siguió en su jardín.

Fueron pasando los años, y el hijo – el último de los siervos – era un fiel cumplidor de su trabajo. Poco a poco, y atendiendo a los ruegos del mayordomo, el señor de la casa
– que continuaba negándose a recibir al hijo – permitía que le fueran mejorando algo las condiciones de vida y de trabajo. Y pasaron los años, y tras muchos, muchos años de prueba y de comprobar que, efectivamente, el hijo estaba arrepentido, el padre accedió, finalmente a recibirle. Sentado en un sillón muy elevado - que parecía un trono o un tribunal de justicia - el padre dijo al hijo, humillado y de rodillas ante él: “Te he aceptado en mi casa a pesar de lo que hiciste. Aquella ofensa fue terrible, y nunca podré olvidarla. Me dicen, sin embargo, que te estás portando bien. Sigue así, y cada vez te tratarán mejor. Pero, ten cuidado, no vayas a meter la pata otra vez, que te estamos vigilando. Una segunda vez, no nos engañas. Y ahora, retírate“.

Cuenta la leyenda que, veinte años más tarde, por fin, un día el padre le llamó “hijo” y lo abrazó fríamente. Pero siempre advirtiéndole que no volviera a meter la pata”.

¿Conocíamos esta parábola? Probablemente no, y, sin embargo, ¿no es cierto que, es ésta la que a veces, ponemos en práctica, aún desconociéndola, en vez de la de Jesús, a pesar de saberla de memoria?

Jesús nos habla de cómo es un padre y nos invita a serlo. ¿Seguimos su modelo, o el del otro relato? Perdonamos, abrimos nuestro corazón, salimos en busca del caído para levantarlo; o por el contrario, perdonamos a plazos, desconfiando siempre, y con cámaras de vigilancia… ¿Somos de los del: “piensa mal y acertarás”? ¿No podríamos ser de los del: “piensa siempre bien, aunque no aciertes?”.

Un hombre tenía dos hijos. Dos hijos tenían un padre. En un mundo en el que abunda el dolor y la necesidad de amor, de consuelo, de apoyo, de padre, Jesús nos invita a serlo; pero de padre a su estilo, no de cualquier manera..

¿Y la madre? ¿Qué decir de la madre? ¿Recuerdan Ustedes, el famoso cuadro de Rembrandt que representa el abrazo que el hijo pródigo recibe del padre, a su regreso? Un detalle emociona: son las manos del padre: una fuerte, de padre; una más fina y sutil: de madre, de mujer. Y al fondo de la escena, en la penumbra, se divisa apenas una silueta femenina: la madre de esos hijos, la esposa de ese padre.

Jesús aprendió en Nazaret, de María y de José, qué es ser madre, qué es ser padre.

“Dos hijos tenían un padre. Y una madre”. Como nosotros. También nosotros tenemos una Madre, una madre bendita que está siempre a nuestro lado; una madre que acoge, abraza, espera, consuela, y acaricia; una madre que nos da fortaleza y empuje; una madre atenta a lo que necesitamos: “No tienen vino”; una madre refugio de los desamparados; una madre que sabe lo que necesitamos y, que educadora de nosotros como fue de su Hijo, nos dice, “Haced lo que Él os diga”. Una madre que está junto al que cae; junto al que es alzado en la cruz; junto al que El Padre resucita; y junto a quienes reciben el Espíritu que les envía ,en Iglesia, en misión por el mundo.

Nuestro Padre Jesús Caído, gracias. Gracias por decirnos qué es ser padre, y qué es ser madre. Gracias porque nos invitas a serlo para los demás. Y en estos días difíciles, esta tarea de acompañar, de consolar, de ayudar, es más necesaria que nunca. Ayúdanos a aceptar la misión que nos confías: ayúdanos a ser los hombres y mujeres que el mundo, que Cádiz, necesita.

Gracias porque en esa tarea, que es muy grande, y a la que nos invitas a cada uno de nosotros y a la Hermandad toda, Tú no nos dejas solos. Tú, cuerpo que se entrega, pan que se parte y vino que se bebe en señal de comunión y remedio de nuestra debilidad, estás siempre con nosotros. Y la comunidad: nos das a los Hermanos, para todos, unidos, trabajar por tu Reino.

Y gracias, Señor, por tu Madre, nuestra madre, también, porque así lo quisiste. María, reina de los apóstoles, consoladora de los afligidos, protectora de la familia y auxilio de todos los desamparados. A ella, con la oración que los religioso marianistas le decimos en los sábados de cuaresma, nos dirigimos: “Madre: Haz que en este día levantemos al caído, alimentemos al hambriento, sostengamos al cansado, y seamos así fieles a nuestros compromisos como cristianos y como Hermanos de esta Hermandad Marianista que se honra en llevar tu nombre y el de tu amado Hijo”. Amén.

viernes, 13 de marzo de 2009

Frente a Ntro. Padre Jesús Caido - Viernes 13 de marzo, 2009

VIERNES 13 DE MARZO 2009

Venimos esta tarde ante Ti, amada Imagen de Nuestro Padre Jesús Caído, y ante Ti, María Santísima de los Desamparados en busca de luz, consuelo y fortaleza.

Y lo hacemos en casa de Francisco, hermano universal, cuyo saludo, “Paz y Bien”, hago mío, y así os lo deseo, Hermano Mayor, Hermanos de la Hermandad, y Fieles todos.

Contigo, Jesús, queremos subir hacia Jerusalén. Contigo queremos compartir nuestra vida, para vivir como viviste; para estar cerca de las personas y atentos a sus necesidades como Tú estuviste; para unir a las tuyas nuestras propias caídas; para - tras un camino de entrega y de servicio - resucitar contigo.

También contigo, María, Madre nuestra, amparo de los desamparados, queremos caminar. Acompañando a Jesús como Tú le acompañaste. Dejándonos confortar por Ti, como a Él le confortaste. Uniéndonos a Ti en la esperanza, en la fe, en el dolor asumido y derrotado, al fin, por el Resucitado.

Nuestro Padre Jesús Caído te llamamos. Caes, porque caminas. No cae por tierra quien consume su vida en la tranquilidad del no hacer nada; el que se queda en casa, indiferente a lo que pasa fuera. Tú, Buen Pastor, sales por los montes en busca de aquél que se ha perdido, o que se encuentra solo, Tú, mi Señor, Camino y Caminante, no temes las caídas; te levantas de nuevo, y sigues recorriendo senderos y veredas buscando malheridos.

Cuando miro, por tierra, a tu Hijo, María, me pregunto qué fuerza, qué poder le ha derribado, a Él; al Verbo que existía antes de los tiempos, y por el que todas las cosas han sido hechas; a Él, en quien habita la plenitud del Padre y la fuerza del Espíritu. El Primogénito de toda criatura, yace ahí, caído por tierra, fatigado, necesitando apoyarse en una piedra para coger fuerza y poder levantarse, porque sabe que todavía no ha llegado a la meta. Porque sabe que todavía se le va a pedir más y más, hasta vaciarse totalmente de Sí, y poder presentarse al Padre y decirle: “He cuidado hasta el fin a los que me habías entregado; ahora, todo se ha consumado y en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Cuando miro, por tierra, a tu Hijo, María, me preguntó qué fuerza ha podido con Él, derribándolo. Y pregunto: ¿Hemos sido nosotros, Señor? Te miro, y Tú me dices: “¡Vosotros, no! ¡El Amor! ¡El Amor que yo soy y que os tengo; por él estoy caído!”.

Y, una vez más, Señor, experimento cómo “tu palabra me da vida”. No me reprochas nada, me abrazas y dices que me amas. Y, una vez más, Señor, me quedo sin palabras ante tanto misterio: Por amor, eres hombre. Por amor, elegiste vivir como viviste. Y porque amas, quieres estar, tan cerca de nosotros que nada de lo nuestro te sea ajeno. Por amor. Para siempre.
Te veo; y te pregunto: ¿Qué haces ahí, caído, queriendo levantarte? Y tu voz me responde, y me dice que en el mundo hay mucho derribado por tierra, y que no quieres que ni uno de ellos padezca en soledad esa amarga experiencia. Tú, que lo sabes todo, conoces cuán honda es la tristeza; lo negra que puede ser la noche; la angustia de quien se cree no amado; la amargura del que se sabe despreciado, herido, maltratado. Y quieres levantarlos.

Y me dices, Jesús, que sabes muy bien cuánta muerte y dolor somos capaces de provocar, incluso a los de nuestra propia sangre y carne - como los hermanos de José -; de cuánta indiferencia somos capaces de rodear al extraño; cuántas cosas, y a cuántas personas, estamos dispuestos a vender, aún a veces por menos de veinte monedas.

Me respondes, Señor, y me recuerdas, el trato injusto que somos capaces de infringir a quien se atreva a soñar; a pensar que las cosas podrían ser distintas, más justas, más fraternas. Tú sabes cómo ayer y hoy, se trata a los profetas.: “Vamos a matarlo, a ver en qué paran sus sueños”, porque nos estorban, porque nos desafían, porque cuestionan los cimientos de nuestra vida, porque nos invitan a ser mejores. Y no siempre queremos.

Tú conoces, Señor, lo bien que sabemos calcular nuestros intereses, y cómo, por apropiarnos de las viñas y riquezas del mundo, hemos sido capaces de todo. Tú sabes, como nosotros los sabemos, cuántos hijos e hijas sufren hoy, también en Cádiz, por la avaricia y la ambición de pocos.

Y me dices que, aunque lo sabes todo, nada de eso te frena. Camino y caminante, estás siempre velando, cayendo y levantándote, con tu mano ofrecida en busca de otras manos; tus ojos, de otros ojos.

Y te escucho, Señor. Y te comprendo. Tú conoces quien hace caer a los demás, pero sobre todo, conoces al caído, al derrumbado en tierra por la enfermedad, la desgracia, o la maldad de otros. Y ahí estás Tú: con el que cae para que, encendida la luz de la esperanza en su corazón, sea capaz de creer que el mañana será mejor que el hoy. Y ahí estás Tú, y lo estarás por siempre, hasta el fin de los tiempos, mientras que haya personas al borde de la historia, marginadas, heridas. Si estáis; allí estaré, les dices para siempre.

Y ahí nos quieres, Señor, junto a Ti caminando, y junto a Ti cayendo, y junto a Ti, abrazando con fuerza a aquél que cae, hasta ponerlo en pie.

A eso nos invitas: a recorrer contigo la historia, las vidas de los hombres, sus gozos y sus lutos, sin olvidar a nadie. Nos invitas a ser, contigo y como Tú, caídos. A no ser de los que van por el mundo erguidos; satisfechos; con la mirada, indiferente, al frente, y los oídos sordos, sin prestar atención a las voces de auxilio. No nos quieres así, y sí samaritanos que acudan, compasivos, al borde del camino, aunque tengamos que dejar algunos compromisos o llegar tarde a algunas citas. A eso nos invitas: a dejar de pensar siempre en nosotros, por el bien del que sufre o está necesitado.




A caminar contigo nos convocas; a acompañarte siempre, también en tus caídas, porque ellas nos sacan de nuestra suficiencia, y son signo y garantía de nuestra autenticidad humana, cristiana, y cofrade. Si estamos cerca del que ha caído; si como Francisco abrazamos al leproso, estaremos contigo, seremos de los tuyos; y no, si no lo hacemos.

No quieres a nadie solo, Señor. Tú, Eucaristía, te quieres dar a todos porque la ruta es larga y “no podemos caminar con hambre bajo el sol”. Ayúdanos, Señor, a escuchar tu llamada, a acogerla con paz en nuestras almas. Que encienda, Señor, nuestro corazón, y guíe nuestros pasos para, contigo, Jesús, ser también para otros, Eucaristía, abrazo cálido, voz amorosa, anhelo compartido.

Nuestro Padre Jesús Caído, gracias por llamarnos a tu lado; por abrir nuestros ojos para que vean, y poder compartir contigo el gozo de abrir los ojos al ciego; gracias por hacernos escuchar la voz del pobre, y darnos la oportunidad de, contigo, abrir al sordo los oídos; gracias por liberarnos de lo que nos aprisiona, e invitarnos a, contigo, derribar los muros injustos que secuestran la libertad; gracias por habernos dado un hogar y por ayudarnos a que, contigo, nadie lo pierda, y el extranjero, lo encuentre entre nosotros.

En momentos difíciles para muchos, Señor, gracias por confiarnos la tarea de ser, como dice Don Antonio, nuestro Obispo, germen de esperanza en la sociedad. Gracias por llamarnos, a nosotros, Hermanos de esta Hermandad Marianista , a anunciar esa buena noticia el Martes Santo por las calles de Cádiz. Gracias por invitarnos a hacer más santo, también, todo el resto del año.

Y gracias por decirnos que tanto llanto acabará algún día. Que nuestra vocación y destino no es la de ser caídos para siempre; que somos los hijos amados del Padre, y que Él nos quiere en pie, en la fiesta, y el gozo de su Reino.

Finalmente, Jesús, muchas gracias por tu Madre, María, consuelo de quien sufre, salud de los enfermos, madre de las familias, y reina de la paz. Gracias por María, la primera que siguió tu camino; la criatura que con más fuerza se ha abrazado a Ti, - en tus días de gloria y de caída -, para que no se pierda ninguno de sus hijos.

Mientras caminamos hacia Jerusalem en esta subida cuaresmal, volvemos nuestros ojos a los misericordiosos de María Santísima de los Desamparados y, repitiendo la oración que los religiosos marianistas rezamos los viernes de este tiempo litúrgico, le decimos: “María, mujer de la promesa y del cumplimiento, en tu seguir a Cristo te asaltarían la tristeza, y la duda, pero Tú esperaste contra toda esperanza en que se cumpliría la promesa de Dios, pues sabías que para Él nada es imposible. Hoy renovamos nuestra alianza contigo en la esperanza y el sufrimiento redentor, mientras avanzamos hacia el Calvario y la Pascua, sabiendo que caminas con nosotros, Madre querida, pues somos tus hijos, y a nadie quieres caído, para siempre. Amen”.

lunes, 9 de marzo de 2009

EXPERTOS

Hace años, en un aeropuerto, tuve que esperar varias horas la salida de mi vuelo. A las preguntas de los viajeros, la Compañía respondía: “razones técnicas”. El tiempo pasaba. Entre los viajeros había dos pilotos de otra Compañía que, en busca de una explicación más convincente, se acercaron al mostrador. De vuelta a sus sitios, repitieron lo que les habían dicho: “razones técnicas”. Algunos viajeros se quedaron tranquilos porque, si a los pilotos, que eran expertos, les convencía la respuesta…Otros, aplaudimos. Yo, ese día, perdí gran parte de mi fe en los expertos.

Recordé esa anécdota al leer que nueve expertos han asesorado al Gobierno en materia del aborto. Y me dije: seguro que son brillantes científicos, pero, ¿ha existido pluralismo en el grupo? Porque no todos los brillantes científicos piensan lo mismo, y en un tema como éste, es necesario saber que todas las voces han sido escuchadas.

Esto de los expertos me ha hecho pensar en lo que pasa cuando vas a un banquete: días antes te preguntan si quieres pescado o carne, para que no haya sorpresas en la cocina. Pues lo mismo: para que no haya sorpresas, quien quiera fundamentar una decisión ya tomada de antemano puede consultar a expertos que le van a decir lo que quiere escuchar, para apoyar luego la decisión en los informes recibidos: “Como dicen los expertos…” Para eliminar dudas en este caso, sería bueno saber cómo se seleccionaron los expertos. Para que nadie piense que, como en los banquetes, también aquí se han tomado medidas para evitar sorpresas.

A la vista del Informe presentado, se me ocurre preguntar a quienes recomiendan que una chica de 16 años pueda abortar sin que lo sepan sus padres: ¿tendremos, en los Colegios, que seguir cumpliendo la ley que nos obliga a avisar a las familias cuando alumnos menores de 18 llegan tarde o faltan a clase; o a pedir un permiso escrito si van de excursión? No sé qué hacer; porque parece que no nos llegan los mismos mensajes de todos los Ministerios.