SÁBADO 14 DE MARZO 2009
De nuevo, ante Ti, Nuestro Padre Jesús Caído, y ante Ti, María Santísima de los Desamparados. Venimos a alabaros, a contemplaros y, sobre todo, a escucharos. Que el Espíritu de Jesús, que el Padre envía, nos haga comprender todas las cosas, y nos ayude a vivir como cristianos, anunciadores de la Buena Noticia del Reino.
Paz y Bien nos desea Francisco a quienes entramos en su casa. Y ese es también mi deseo, al Hermano Mayor, a los Hermanos de esta Hermandad, así como a todos los fieles aquí reunidos para celebrar este Triduo.
“Un hombre tenía dos hijos”. Así empieza una de las más conmovedoras parábolas de Jesús. En cualquier parte del mundo, en cualquier cultura, en cualquier idioma, cuando un cristiano escucha esas palabras. “Un hombre tenía dos hijos”, experimenta una fortísima emoción, un profundo estremecimiento, porque sabe lo que viene después: la revelación de cómo es Dios, nuestro Padre y cómo se porta con nosotros; de un modo que jamás hubiésemos podido imaginar.
“Un hombre tenía dos hijos”. Y yo, soy uno de ellos. ¿Soy el hijo que se va de la casa del Padre para vivir a mi aire, haciendo lo que quiero, sin responsabilidades? ¿O soy el otro; el que se queda en casa – sin habitarla nunca, con techo y pan, sí, pero sin hacerla hogar - , encerrado en mí mismo, amargado, incapaz de perdonar?
“Dos hijos tenían un padre”. Cuando hablamos de Jesús explicamos sus palabras a partir de su vida, de su propia experiencia: y decimos, por ejemplo, que puede hablar del campo, y de las cosechas, y del fruto que dan las diversas clases de suelo, porque vivió muchos años en la fértil Galilea.
“Dos hijos tenían un padre”. Cuando Jesus nos presenta ese padre, hablaba también de su experiencia propia. Del Padre eterno, con el que Él era una misma cosa; y del padre en la tierra – José – que, junto con María eran “los suyos”, su familia, el hogar en el que había crecido y aprendido a ser hombre.
En el Evangelio de la Eucaristía de ayer leíamos cómo unos viñadores asesinos mataban al hijo, al heredero, para hacerse con la herencia del padre, el dueño de la viña. Hoy, en el Evangelio, hemos leído cómo es el propio hijo el que, al reclamar unos bienes a los que solo podría acceder tras la muerte de su padre, le está diciendo a éste: “Tú no me importas nada. Solo quiero tus cosas. Ojala estuvieses muerto. De hecho, para mí, ya lo estás”.
“Dos hijos tenían un padre”. ¡Y qué padre nos presenta Jesus! Si el del Evangelio de ayer reivindica a su hijo frente a sus asesinos; el de hoy corre hacia el hijo, lo abraza y lo festeja, “porque el que estaba muerto, ha revivido”.
Y al otro hijo, al que se queda ausente de la fiesta - y que a veces soy yo - le dice:”Hijo, tú siempre estás conmigo, y yo siempre contigo”, ¿cómo puedes no estar alegre?”.
Del Padre del cielo y del de su hogar en Nazaret, Jesús ha aprendido qué es ser padre. Y nos lo explica. Padre es el que otea el horizonte para ver al caído y corriendo, lo alcanza, lo abraza, y lo levanta. Padre es el que organiza una fiesta porque el hijo ha revivido, porque es así como nos quiere, erguidos y con vida. Padre es el que invita a la alegría: “deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba perdido, y lo hemos encontrado”.
Padre, para Jesús, es correr en busca del perdido, abrazarlo, festejar su retorno, rehabilitarlo a los ojos de todos, y hacer que todos gocen por el feliz regreso. Jesús, que ha aprendido qué es ser padre, nos lo explica. Y hace más todavía: nos invita a ser padres los unos de los otros.
Y nosotros, ¿aceptamos el reto? ¿Aceptamos ser padre, es decir, ser abrazo, ser perdón, alegría, festejo, borrón y cuenta nueva…? ¿Aceptamos ser padres, los unos de los otros, al estilo de Cristo?
Conocemos bien la parábola que se nos ha leído en el Evangelio, pero saben: hay otra que tal vez no conozcan. Dice así:
“Un hombre tenía dos hijos. El menor le pidió su herencia y se marchó. Tras gastarse todo el dinero, regresó, pobre y humillado, a su casa. El padre, que estaba tranquilamente tumbado en el jardín de su casa, se enteró por sus siervos que regresaba el hijo. El señor de la casa pidió otra limonada y siguió descansando en el jardín. Cuando algo más tarde los criados le dijeron que el hijo llamaba a la puerta de la casa, y que quería verlo, el padre se indignó, y dijo a sus criados que lo arrojaran fuera. Cuando los criados, compadecidos del estado del hijo, volvieron, suplicantes: “Señor, no lo eches fuera; entendemos que no lo quieras recibir como hijo después de lo que te hizo, pero trátalo al menos como al último de tus criados. Nosotros nos ocuparemos de él y no te volveremos a molestar con este asunto”, por no complicarse la vida y para que le dejaran seguir disfrutando de aquel hermoso atardecer, el señor accedió: “Ponerle en el trabajo más duro y más difícil que haya. Y si volvéis a molestarme con este tema, os arrepentiréis”. Y siguió en su jardín.
Fueron pasando los años, y el hijo – el último de los siervos – era un fiel cumplidor de su trabajo. Poco a poco, y atendiendo a los ruegos del mayordomo, el señor de la casa
– que continuaba negándose a recibir al hijo – permitía que le fueran mejorando algo las condiciones de vida y de trabajo. Y pasaron los años, y tras muchos, muchos años de prueba y de comprobar que, efectivamente, el hijo estaba arrepentido, el padre accedió, finalmente a recibirle. Sentado en un sillón muy elevado - que parecía un trono o un tribunal de justicia - el padre dijo al hijo, humillado y de rodillas ante él: “Te he aceptado en mi casa a pesar de lo que hiciste. Aquella ofensa fue terrible, y nunca podré olvidarla. Me dicen, sin embargo, que te estás portando bien. Sigue así, y cada vez te tratarán mejor. Pero, ten cuidado, no vayas a meter la pata otra vez, que te estamos vigilando. Una segunda vez, no nos engañas. Y ahora, retírate“.
Cuenta la leyenda que, veinte años más tarde, por fin, un día el padre le llamó “hijo” y lo abrazó fríamente. Pero siempre advirtiéndole que no volviera a meter la pata”.
¿Conocíamos esta parábola? Probablemente no, y, sin embargo, ¿no es cierto que, es ésta la que a veces, ponemos en práctica, aún desconociéndola, en vez de la de Jesús, a pesar de saberla de memoria?
Jesús nos habla de cómo es un padre y nos invita a serlo. ¿Seguimos su modelo, o el del otro relato? Perdonamos, abrimos nuestro corazón, salimos en busca del caído para levantarlo; o por el contrario, perdonamos a plazos, desconfiando siempre, y con cámaras de vigilancia… ¿Somos de los del: “piensa mal y acertarás”? ¿No podríamos ser de los del: “piensa siempre bien, aunque no aciertes?”.
Un hombre tenía dos hijos. Dos hijos tenían un padre. En un mundo en el que abunda el dolor y la necesidad de amor, de consuelo, de apoyo, de padre, Jesús nos invita a serlo; pero de padre a su estilo, no de cualquier manera..
¿Y la madre? ¿Qué decir de la madre? ¿Recuerdan Ustedes, el famoso cuadro de Rembrandt que representa el abrazo que el hijo pródigo recibe del padre, a su regreso? Un detalle emociona: son las manos del padre: una fuerte, de padre; una más fina y sutil: de madre, de mujer. Y al fondo de la escena, en la penumbra, se divisa apenas una silueta femenina: la madre de esos hijos, la esposa de ese padre.
Jesús aprendió en Nazaret, de María y de José, qué es ser madre, qué es ser padre.
“Dos hijos tenían un padre. Y una madre”. Como nosotros. También nosotros tenemos una Madre, una madre bendita que está siempre a nuestro lado; una madre que acoge, abraza, espera, consuela, y acaricia; una madre que nos da fortaleza y empuje; una madre atenta a lo que necesitamos: “No tienen vino”; una madre refugio de los desamparados; una madre que sabe lo que necesitamos y, que educadora de nosotros como fue de su Hijo, nos dice, “Haced lo que Él os diga”. Una madre que está junto al que cae; junto al que es alzado en la cruz; junto al que El Padre resucita; y junto a quienes reciben el Espíritu que les envía ,en Iglesia, en misión por el mundo.
Nuestro Padre Jesús Caído, gracias. Gracias por decirnos qué es ser padre, y qué es ser madre. Gracias porque nos invitas a serlo para los demás. Y en estos días difíciles, esta tarea de acompañar, de consolar, de ayudar, es más necesaria que nunca. Ayúdanos a aceptar la misión que nos confías: ayúdanos a ser los hombres y mujeres que el mundo, que Cádiz, necesita.
Gracias porque en esa tarea, que es muy grande, y a la que nos invitas a cada uno de nosotros y a la Hermandad toda, Tú no nos dejas solos. Tú, cuerpo que se entrega, pan que se parte y vino que se bebe en señal de comunión y remedio de nuestra debilidad, estás siempre con nosotros. Y la comunidad: nos das a los Hermanos, para todos, unidos, trabajar por tu Reino.
Y gracias, Señor, por tu Madre, nuestra madre, también, porque así lo quisiste. María, reina de los apóstoles, consoladora de los afligidos, protectora de la familia y auxilio de todos los desamparados. A ella, con la oración que los religioso marianistas le decimos en los sábados de cuaresma, nos dirigimos: “Madre: Haz que en este día levantemos al caído, alimentemos al hambriento, sostengamos al cansado, y seamos así fieles a nuestros compromisos como cristianos y como Hermanos de esta Hermandad Marianista que se honra en llevar tu nombre y el de tu amado Hijo”. Amén.
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