viernes, 13 de marzo de 2009

Frente a Ntro. Padre Jesús Caido - Viernes 13 de marzo, 2009

VIERNES 13 DE MARZO 2009

Venimos esta tarde ante Ti, amada Imagen de Nuestro Padre Jesús Caído, y ante Ti, María Santísima de los Desamparados en busca de luz, consuelo y fortaleza.

Y lo hacemos en casa de Francisco, hermano universal, cuyo saludo, “Paz y Bien”, hago mío, y así os lo deseo, Hermano Mayor, Hermanos de la Hermandad, y Fieles todos.

Contigo, Jesús, queremos subir hacia Jerusalén. Contigo queremos compartir nuestra vida, para vivir como viviste; para estar cerca de las personas y atentos a sus necesidades como Tú estuviste; para unir a las tuyas nuestras propias caídas; para - tras un camino de entrega y de servicio - resucitar contigo.

También contigo, María, Madre nuestra, amparo de los desamparados, queremos caminar. Acompañando a Jesús como Tú le acompañaste. Dejándonos confortar por Ti, como a Él le confortaste. Uniéndonos a Ti en la esperanza, en la fe, en el dolor asumido y derrotado, al fin, por el Resucitado.

Nuestro Padre Jesús Caído te llamamos. Caes, porque caminas. No cae por tierra quien consume su vida en la tranquilidad del no hacer nada; el que se queda en casa, indiferente a lo que pasa fuera. Tú, Buen Pastor, sales por los montes en busca de aquél que se ha perdido, o que se encuentra solo, Tú, mi Señor, Camino y Caminante, no temes las caídas; te levantas de nuevo, y sigues recorriendo senderos y veredas buscando malheridos.

Cuando miro, por tierra, a tu Hijo, María, me pregunto qué fuerza, qué poder le ha derribado, a Él; al Verbo que existía antes de los tiempos, y por el que todas las cosas han sido hechas; a Él, en quien habita la plenitud del Padre y la fuerza del Espíritu. El Primogénito de toda criatura, yace ahí, caído por tierra, fatigado, necesitando apoyarse en una piedra para coger fuerza y poder levantarse, porque sabe que todavía no ha llegado a la meta. Porque sabe que todavía se le va a pedir más y más, hasta vaciarse totalmente de Sí, y poder presentarse al Padre y decirle: “He cuidado hasta el fin a los que me habías entregado; ahora, todo se ha consumado y en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Cuando miro, por tierra, a tu Hijo, María, me preguntó qué fuerza ha podido con Él, derribándolo. Y pregunto: ¿Hemos sido nosotros, Señor? Te miro, y Tú me dices: “¡Vosotros, no! ¡El Amor! ¡El Amor que yo soy y que os tengo; por él estoy caído!”.

Y, una vez más, Señor, experimento cómo “tu palabra me da vida”. No me reprochas nada, me abrazas y dices que me amas. Y, una vez más, Señor, me quedo sin palabras ante tanto misterio: Por amor, eres hombre. Por amor, elegiste vivir como viviste. Y porque amas, quieres estar, tan cerca de nosotros que nada de lo nuestro te sea ajeno. Por amor. Para siempre.
Te veo; y te pregunto: ¿Qué haces ahí, caído, queriendo levantarte? Y tu voz me responde, y me dice que en el mundo hay mucho derribado por tierra, y que no quieres que ni uno de ellos padezca en soledad esa amarga experiencia. Tú, que lo sabes todo, conoces cuán honda es la tristeza; lo negra que puede ser la noche; la angustia de quien se cree no amado; la amargura del que se sabe despreciado, herido, maltratado. Y quieres levantarlos.

Y me dices, Jesús, que sabes muy bien cuánta muerte y dolor somos capaces de provocar, incluso a los de nuestra propia sangre y carne - como los hermanos de José -; de cuánta indiferencia somos capaces de rodear al extraño; cuántas cosas, y a cuántas personas, estamos dispuestos a vender, aún a veces por menos de veinte monedas.

Me respondes, Señor, y me recuerdas, el trato injusto que somos capaces de infringir a quien se atreva a soñar; a pensar que las cosas podrían ser distintas, más justas, más fraternas. Tú sabes cómo ayer y hoy, se trata a los profetas.: “Vamos a matarlo, a ver en qué paran sus sueños”, porque nos estorban, porque nos desafían, porque cuestionan los cimientos de nuestra vida, porque nos invitan a ser mejores. Y no siempre queremos.

Tú conoces, Señor, lo bien que sabemos calcular nuestros intereses, y cómo, por apropiarnos de las viñas y riquezas del mundo, hemos sido capaces de todo. Tú sabes, como nosotros los sabemos, cuántos hijos e hijas sufren hoy, también en Cádiz, por la avaricia y la ambición de pocos.

Y me dices que, aunque lo sabes todo, nada de eso te frena. Camino y caminante, estás siempre velando, cayendo y levantándote, con tu mano ofrecida en busca de otras manos; tus ojos, de otros ojos.

Y te escucho, Señor. Y te comprendo. Tú conoces quien hace caer a los demás, pero sobre todo, conoces al caído, al derrumbado en tierra por la enfermedad, la desgracia, o la maldad de otros. Y ahí estás Tú: con el que cae para que, encendida la luz de la esperanza en su corazón, sea capaz de creer que el mañana será mejor que el hoy. Y ahí estás Tú, y lo estarás por siempre, hasta el fin de los tiempos, mientras que haya personas al borde de la historia, marginadas, heridas. Si estáis; allí estaré, les dices para siempre.

Y ahí nos quieres, Señor, junto a Ti caminando, y junto a Ti cayendo, y junto a Ti, abrazando con fuerza a aquél que cae, hasta ponerlo en pie.

A eso nos invitas: a recorrer contigo la historia, las vidas de los hombres, sus gozos y sus lutos, sin olvidar a nadie. Nos invitas a ser, contigo y como Tú, caídos. A no ser de los que van por el mundo erguidos; satisfechos; con la mirada, indiferente, al frente, y los oídos sordos, sin prestar atención a las voces de auxilio. No nos quieres así, y sí samaritanos que acudan, compasivos, al borde del camino, aunque tengamos que dejar algunos compromisos o llegar tarde a algunas citas. A eso nos invitas: a dejar de pensar siempre en nosotros, por el bien del que sufre o está necesitado.




A caminar contigo nos convocas; a acompañarte siempre, también en tus caídas, porque ellas nos sacan de nuestra suficiencia, y son signo y garantía de nuestra autenticidad humana, cristiana, y cofrade. Si estamos cerca del que ha caído; si como Francisco abrazamos al leproso, estaremos contigo, seremos de los tuyos; y no, si no lo hacemos.

No quieres a nadie solo, Señor. Tú, Eucaristía, te quieres dar a todos porque la ruta es larga y “no podemos caminar con hambre bajo el sol”. Ayúdanos, Señor, a escuchar tu llamada, a acogerla con paz en nuestras almas. Que encienda, Señor, nuestro corazón, y guíe nuestros pasos para, contigo, Jesús, ser también para otros, Eucaristía, abrazo cálido, voz amorosa, anhelo compartido.

Nuestro Padre Jesús Caído, gracias por llamarnos a tu lado; por abrir nuestros ojos para que vean, y poder compartir contigo el gozo de abrir los ojos al ciego; gracias por hacernos escuchar la voz del pobre, y darnos la oportunidad de, contigo, abrir al sordo los oídos; gracias por liberarnos de lo que nos aprisiona, e invitarnos a, contigo, derribar los muros injustos que secuestran la libertad; gracias por habernos dado un hogar y por ayudarnos a que, contigo, nadie lo pierda, y el extranjero, lo encuentre entre nosotros.

En momentos difíciles para muchos, Señor, gracias por confiarnos la tarea de ser, como dice Don Antonio, nuestro Obispo, germen de esperanza en la sociedad. Gracias por llamarnos, a nosotros, Hermanos de esta Hermandad Marianista , a anunciar esa buena noticia el Martes Santo por las calles de Cádiz. Gracias por invitarnos a hacer más santo, también, todo el resto del año.

Y gracias por decirnos que tanto llanto acabará algún día. Que nuestra vocación y destino no es la de ser caídos para siempre; que somos los hijos amados del Padre, y que Él nos quiere en pie, en la fiesta, y el gozo de su Reino.

Finalmente, Jesús, muchas gracias por tu Madre, María, consuelo de quien sufre, salud de los enfermos, madre de las familias, y reina de la paz. Gracias por María, la primera que siguió tu camino; la criatura que con más fuerza se ha abrazado a Ti, - en tus días de gloria y de caída -, para que no se pierda ninguno de sus hijos.

Mientras caminamos hacia Jerusalem en esta subida cuaresmal, volvemos nuestros ojos a los misericordiosos de María Santísima de los Desamparados y, repitiendo la oración que los religiosos marianistas rezamos los viernes de este tiempo litúrgico, le decimos: “María, mujer de la promesa y del cumplimiento, en tu seguir a Cristo te asaltarían la tristeza, y la duda, pero Tú esperaste contra toda esperanza en que se cumpliría la promesa de Dios, pues sabías que para Él nada es imposible. Hoy renovamos nuestra alianza contigo en la esperanza y el sufrimiento redentor, mientras avanzamos hacia el Calvario y la Pascua, sabiendo que caminas con nosotros, Madre querida, pues somos tus hijos, y a nadie quieres caído, para siempre. Amen”.

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