martes, 13 de octubre de 2009

Sobre Fermín Salvochea

Este texto es la contribución de Javier Anso al libro "102 razones para recordar a Salvochea" publicado por la Asociación de Amigos de Fermín Salvochea, y que fué presentado en Cádiz el 25 de septiembre de 2009.

"El verdugo es más humano que el carcelero. El matar a un hombre a la luz del día en la plaza pública, es menos inhumano que condenarle a una muerte en la sombra"

Estoy de acuerdo con las palabras de Fermín Salvochea. Y me alegro, como él también lo haría, de que hoy en España no exista ese dilema. Y me digo, como él se diría, que hay que estar alerta porque de vez en cuando a la historia le da por avanzar hacia atrás en vez de hacerlo hacia adelante; y no vaya a ser que nos confiemos y surja algún iluminado que nos contagie su iluminación y pidamos el restablecimiento de la pena de muerte, o que renunciemos a nuestras libertades en nombre de no sé qué...que algo de todo eso ha visto en tiempos recientes y en latitudes diversas. Y me invito, como él se invitaría, a colaborar con quien lucha por erradicar la pena de muerte en todos los países; y con quien trata de mejorar las condiciones de todas las prisiones -también las nuestras- para que sean lo que tienen que ser: escuelas de sanación, reparación, y vida.

Dicho lo anterior, me veo caminando los dos por las calles de Cádiz. A él yo lo conozco -¿quién no conoce los alcaldes de Cádiz?- pero no él a mí, por lo que me presento. Le digo que soy miembro de una congregación religiosa, los Marianistas; y que, como creo que lo mejor que le ha pasado a la humanidad es Jesús de Nazaret, me dedico a intentar que sea más y mejor conocido. Y añado: "Soy educador, ¿sabes?"

Platicando las calles de Cádiz -que invitan tanto a formular preguntas como a responderlas- mutuamente nos reconocemos como buscadores, vigías y oteadores de horizontes. Y le digo: "Fermín, tus palabras me han recordado algo que experimento siempre que entro en una clase. Frente a mí, de repente, treinta alumnos. Treinta vidas distintas, con su pasado, con su presente, con su futuro. Y allí estoy yo, invitado a ayudarles a que su vida sea una buena noticia para ellos, y también para los demás. Y, ¿sabes?, a veces me pregunto si seré capaz de hacer algo que realmente les ayude. Y no siempre sé cómo responderme.

Pero hay algo que sí que tengo claro, Fermín: y es que confío en ellos. En todos y en cada uno de ellos. Y me digo, y no paro de decírselo, que su vida y su futuro no están escritos para siempre, sino que está en sus manos. Que no permitan que nada ni nadie les dicte desde fuera cómo deben ser, ni cómo comportarse. Que escuchen mucho, pidan ayuda y consejo, y, poco a poco, vayan fijando el rumbo de su vida. Siempre con los demás, nunca contra los demás, ni sobre los demás. Y les digo que no permitan que nadie ponga fin a sus sueños. Que no consientan que ningún verdugo -y hay golpes en la vida, ¡auténticos verdugos!- destroce su esperanza, mate sus ilusiones. Ni consientan, tampoco, que carcelero alguno les vaya desgastando poco a poco, cercenando su vida, empequeñeciendo su horizonte, habituándoles a la tranquilidad de una celda, cómoda sí, tal vez, pero…¡tan limitada!. Día tras día, machaconamente, les repito la misma cantinela, porque es verdad, y porque creo que deben aprenderla. Para que vivan confiando en ellos mismos. Viviendo de tal modo que los demás puedan confiar en ellos. Un día y otro día. Para que se convenzan. Y se pongan en marcha".

Llegados a este punto, Fermín que se pregunta: "¡Vaya, pienso lo mismo! ¿Tendré que hacerme marianista?". Y seguimos hablando…