lunes, 30 de noviembre de 2009

Escudo de armas

Escudo de armas

Publicado en Diario de Cádiz 30 de noviembre, 2009
Hace unos días, en un taller de formación, se nos propuso diseñar un "escudo de armas". Enseguida, los seis profesores nos pusimos de acuerdo.

Cuatro carteles. Un cielo estrellado: "La utopía". Una sonrisa: "Cercanía a los alumnos". Una herramienta: "Con los pies en el suelo". En el cuarto cuartel, un camino sin fin y muchos recorriéndolo juntos: "La educación, como la vida, es un caminar permanente, a hacer en compañía".

De pronto, alguien dijo. "Falta una cruz". Dialogamos y concluimos, todos, que no hacía falta añadir la cruz porque, de un modo u otro, estaba ya presente. Estaba en las líneas vertical y horizontal que formaban los cuarteles. Y, estaba, sobre todo, en la utopía de muchos de los que sueñan; en la sonrisa cercana de muchos educadores; en la herramienta del trabajo de cada día de muchos docentes; y en el caminar de tantos profesores y alumnos que tienen la cruz por brújula (otros, caminantes también, tienen otras). Y a nadie le estorbó una cruz así entendida.

Más tarde me dije: "¿Por qué esa cruz, que allí no hacía daño, tendría que hacerlo en el aula?". Y éstas son algunas de mis reflexiones.

Comencé con un dato: a algunas personas -muchas, bastantes, o pocas, quién sabe- la cruz molesta, y no la quieren para sus hijos. Guste o no a los cristianos, ese dato es real. Frente al mismo, y antes de lanzar improperios contra nadie, debemos preguntarnos el por qué de esa reacción. Para los cristianos, la cruz representa la solidaridad hasta el final de un Dios que se hace uno de nosotros para librarnos de toda muerte, y llevarnos a una Vida resucitada, en el Amor de un Padre que desea abrazarnos. ¿Se puede vivir esto como algo negativo? Pues sí, se puede; y tal vez porque, como dijo el Concilio Vaticano II, los cristianos, con frecuencia, "hemos velado, más que revelado, el auténtico rostro de Dios" (GS,19). Quizás la causa del rechazo no haya que buscarla en la cruz o en Jesús, sino en el modo cómo lo cristianos y la Iglesia los hemos presentado.

Por eso, y antes de intentar convencer a nadie de que la cruz no es mala, conviene que nos miremos a nosotros mismos, a nuestras comunidades e Iglesias, y, convirtiéndonos, hagamos de Jesús el centro de nuestras vidas. Si viviésemos entregados a los demás, sanando, reconciliando, y aportando esperanza, tal vez la cruz no ofendiera tanto.

Junto a lo anterior, afirmo que nuestra sociedad necesita la cruz; que conocerla nos hace bien a todos, creyentes y no; y que creo, por ello, que no debería estar ausente de la ciudad y sus edificios, sus calles, y escuelas. Lo creo, porque la cruz, además de símbolo religioso para algunos, es un elemento imprescindible de nuestra identidad como sociedad, como pueblo, como cultura; de la misma manera que otros signos lo son para otros. En nuestras raíces y valores sociales, junto con otras aportaciones filosóficas o humanistas, hay mucho de cristiano. Hoy, que tanto cuidamos otras señas de identidad -lenguas, costumbres, héroes locales, etc.-, y que no cuestionamos -y debiéramos hacerlo mucho más- algunos monumentos o nombres de calles, nos alegramos de que se elimine la cruz porque, incluso en su sentido cultural, estorba. ¿Habrá que buscar nuevos nombres a tantas poblaciones -Santa Cruz de…-; o fijar otra fecha, distinta a la del nacimiento de Cristo, para contar los años sin violentar conciencias?

La naturaleza tiene horror al vacío. Una universidad publicó que entre los signos que más personas conocían en el mundo, la cruz ocupaba el tercer lugar. El primero, los aros olímpicos. La M de McDonald's, el segundo. Eliminemos la cruz, y su puesto lo ocupará una marca de ropa, el nombre de un artista, o el de un futbolista.

Eduquemos en el diálogo y el gozo de vivir la diversidad, pero sin privar a nuestros jóvenes de referentes morales. Como nos necesitan a nosotros, nuestros hijos necesitan también modelos que orienten sus vidas; conocer a personas que han hecho mejor el mundo, y, entre ellos y, de modo destacado, a Jesús, que "pasó haciendo el bien", y que nos enseñó cómo y por qué vivir. No dejemos a nuestros hijos tan huérfanos por dentro, ni en manos de multinacionales u otras entidades, ávidas de ocuparse de ellos. 

lunes, 16 de noviembre de 2009

700 Días

700 días
(publicado en el Diario de Cádiz 16 de noviembre, 209

 

 

La semana pasada un amigo se me acercó y me dijo con voz misteriosa. "Javier, se me han aparecido dos personas en sueños y me han dicho que quedan 700 días para el fin del mundo". "¡Imposible!", le dije. "Imposible, ¿por qué?", me contestó algo airado ante mi poca fe en aquellos personajes. "Muy sencillo: es imposible, porque mi madre

-que está muy enterada de todo, no en vano, a sus 92 años, lee dos periódicos al día y sigue numerosas tertulias en radio y televisión- no me ha dicho nada; y si fuese a producirse el fin del mundo, ella sería de los primeros en saberlo, e, inmediatamente, me hubiera llamado para contármelo".

 

No convencí a mi amigo -ni él a mí-, pero sus palabras me hicieron pensar. No tengo la impresión de que el fin del mundo esté a la vuelta de la esquina, pero sí es cierto que el tiempo va pasando, y que el día de ayer ya no existe; y que el de hoy, mañana habrá  pasado. Y por ello, concluyo,0 hay que saber vivir y aprovechar el presente. No vean estas palabras como otro canto más al "carpe diem", y sí como una invitación a recordar las palabras de Teresa de Calcuta: "Voy a pasar por la vida una sola vez. Por eso, cualquier cosa buena que yo pueda hacer por alguien, debo hacerla ahora; porque no pasaré de nuevo por aquí". 

 

Por eso, no dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy; no aplacemos para otro momento el decir "te quiero" a quien amamos; o el pedir perdón a quien sabemos que sufre con nuestra distancia; o el apoyar una causa justa, o el oponernos a una injusta.  Que nuestras palabras, ajenas a la ironía o al insulto, sanen a las personas y no las aíslen o empequeñezcan. Que nuestros actos ayuden a que haya más alegría, paz y justicia en la tierra.

 

Siendo así, viviendo así, poco nos importará si quedan 700 días o 700 años. Habremos cumplido con lo que se espera de nosotros. Habremos sabido estar a la altura de las circunstancias, porque, como dijera Abraham Lincoln:"Lo que importa no son los años de la vida, sino la vida de los años".

jueves, 5 de noviembre de 2009

El LIMBO EXISTE

El limbo existe (publicado en Diario de Cádiz el 5 de noviembre, 2009)

Sí, el limbo existe. Y está en Ceuta. Viven en él unas seiscientas personas. Hombres y mujeres jóvenes. Algunos niños. Casi todos, subsaharianos. Algunos asiáticos. Eso sí: viven, como si no vivieran. Sin nada que hacer. Entre paréntesis. En el "limbo".

Recientemente, miembros de la organización católica Justicia y Paz de 25 países de Europa, les hemos visitado. Nos pidieron ayuda, pero no les dimos falsas esperanzas. Sí nos comprometimos a contar en nuestros países, "lo que hemos visto y oído".

¡Qué testimonios escuchamos, tanto en la iglesia de la Virgen de África como en un centro de acogida o comiendo con ellos! Venían del Camerún, de Sudán, de Somalia, de Costa de Marfil, de la India…Tenían entre veinte y treinta y pocos años. Abandonaron sus países a causa de la guerra, escapando de un matrimonio forzado, o de la pobreza. Tras mil peripecias, y no pocos engaños, llegaron a Ceuta. ¡Ya estaban en Europa! ¡Por fin iban a comenzar una nueva vida, trabajar, y enviar dinero a sus familias! Y era verdad: estaban en Europa…pero "al otro lado". Mes tras mes, sus sueños y esperanzas se fueron apagando. Quien visite la hermosa ciudad de Ceuta los verá paseando, un día tras otro, sin nada que hacer. Matando el tiempo. Con el alojamiento y comida asegurados en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes), bien tratados por la población y las autoridades, pero desesperándose al ver que no pueden trabajar, y que los años pasan -algunos llevan más de tres así-, y ellos, siempre, "al otro lado".

Te dicen que "esto no es vivir. Estamos como muertos. Dormimos, comemos, paseamos, nos volvemos a acostar…". Quisieran venir a la península y trabajar en lo que sea. Son jóvenes, y quieren vivir. Si les preguntas por qué no regresan a sus países, te dicen "que una vez que te pones en marcha ya no miras para atrás". Y tú recuerdas aquello de que "si las oportunidades no van a las personas, las personas van a las oportunidades".

Algunos pasan las noches en el monte, por temor a ser detenidos de madrugada, trasladados a la península, y deportados a sus países. Hace meses les visité. Me enseñaron sus chozas de plástico, lata y cartón… ¡y en Ceuta sabe llover! "Lo primero que hacemos al levantarnos -me dijeron- es reunirnos y, en silencio, mirar la costa que tenemos enfrente". Sin exigirme visado alguno, me admitieron entre ellos a contemplar la otra orilla. Yo, que en mis sesenta años he tenido la oportunidad de encontrarme con más de un Papa y de un jefe de Estado, les aseguro que pocas veces me he sentido tan rodeado de dignidad como aquel día, entre aquellos emigrantes asiáticos. Juntos miramos el otro lado del mar sí, pero al atardecer, yo cogí un barco y ellos no. Desde entonces conservo en mi cómodo despacho de Cádiz una foto de ese día: para no olvidarme nunca de dónde estoy yo; y, sobre todo, para no olvidar nunca dónde están ellos.

Señor Rubalcaba, regularice la situación de esas personas y permita que pasen a la Península. Es un número ridículo comparado con los falsos turistas que entran cada día por los aeropuertos o fronteras con Francia. Y si esa regularización atrae a otros emigrantes, repítala una vez al año, el tiempo para que aprendan bien español y puedan incorporase a nuestra sociedad. Ni van a quitarnos el trabajo, ni a cometer delitos. Simplemente, van a ser personas tratadas como tales. ¡Hágalo, señor Rubalcaba, y su nombre será bendecido en las lenguas de algunos de los países más pobres del mundo! Y si necesita que le apoyemos ante la opinión pública o en el Parlamento, ¡lo haremos!

El limbo existe. Y está en Ceuta. Vayan a visitarlo en cualquier iglesia o en las ONGs que atienden a los emigrantes (Centro San Antonio, Asociación Elin, religiosas Vedrunas, etc.); reúnanse con ellos, y escuchen sus historias. Y ante tanta vida desperdiciada y "entre paréntesis", verán que el limbo existe. Y se preguntarán: "¿Hasta cuándo?". Y no tendrán respuesta. ¡Quién sabe: tal vez el limbo dure hasta que cada vez seamos más los que sabemos lo que pasa y exijamos que deje de pasar!¡Quizás hasta que, en una bendita pandemia, nos contagiemos unos a otros el virus de la Gripe J -de justicia- y nos hagamos incompatibles con el que haya tantas vidas jóvenes condenadas a estar en "el limbo". A tres horas de Cádiz.

lunes, 2 de noviembre de 2009

¡Gracias, don Antonio!


Publicado en Diario de Cádiz el 2 de noviembre de 2009

 
ESCRIBO este texto siendo consciente de que no será del agrado de don Antonio Ceballos, nuestro Obispo, porque, como es sabido, "el bien no hace ruido". Lo siento, don Antonio, pero no escribo este texto pensando en Usted sino en nosotros y en la necesidad que tenemos de recordar y agradecer cómo es el Obispo que tenemos en la Diócesis de Cádiz y Ceuta.

Don Antonio escribe, mucho y bien, sobre diversos temas, todos ellos relacionados con el anuncio de un Evangelio que es buena noticia para los que más la necesitan. En sus Cartas trata de un único tema: la Vida. Porque don Antonio es testigo de Áquel que dijo: "He venido para que haya vida, y vida en abundancia" (Jn 10,10). Y así, una carta hablará de la familia, otra de la mujer y sus derechos, otra de la defensa del medio ambiente, o de la paz, o de los inmigrantes. Don Antonio defiende la vida entera, que, como es sabido, ni empieza con el nacimiento, ni termina con él.

Antes que con sus palabras, don Antonio habla con su vida, con el uso social que ha dado a la Casa del Obispo y a otras propiedades de la Diócesis, con su promoción y apoyo a obras e instituciones entre los jóvenes, los inmigrantes y sus familias -también las de aquellos que mueren asesinados por la pobreza cuando se ahogan tratando de llegar a España-, con los parados, enfermos, presos y marginados.

Personas así tienen autoridad moral, que es algo distinto a tener solamente autoridad, y que no todos los obispos, políticos o educadores tienen. Por eso se esperan con interés sus palabras, no para asentir ciegamente a ellas -"para entrar en la Iglesia basta con quitarse el sombrero, no hace falta quitarse la cabeza", decía Chesterton-, pero sí para encontrar en ellas inspiración, motivos de reflexión, e invitación al diálogo cuando hubiera discrepancia.

Que nadie ponga límites a voces así. Que nadie repita hoy: "la calle es mía". Hoy, en la calle, podemos hablar todos: los artistas, los deportistas, los políticos y…los Obispos.