La semana pasada un amigo se me acercó y me dijo con voz misteriosa. "Javier, se me han aparecido dos personas en sueños y me han dicho que quedan 700 días para el fin del mundo". "¡Imposible!", le dije. "Imposible, ¿por qué?", me contestó algo airado ante mi poca fe en aquellos personajes. "Muy sencillo: es imposible, porque mi madre
-que está muy enterada de todo, no en vano, a sus 92 años, lee dos periódicos al día y sigue numerosas tertulias en radio y televisión- no me ha dicho nada; y si fuese a producirse el fin del mundo, ella sería de los primeros en saberlo, e, inmediatamente, me hubiera llamado para contármelo".
No convencí a mi amigo -ni él a mí-, pero sus palabras me hicieron pensar. No tengo la impresión de que el fin del mundo esté a la vuelta de la esquina, pero sí es cierto que el tiempo va pasando, y que el día de ayer ya no existe; y que el de hoy, mañana habrá pasado. Y por ello, concluyo,0 hay que saber vivir y aprovechar el presente. No vean estas palabras como otro canto más al "carpe diem", y sí como una invitación a recordar las palabras de Teresa de Calcuta: "Voy a pasar por la vida una sola vez. Por eso, cualquier cosa buena que yo pueda hacer por alguien, debo hacerla ahora; porque no pasaré de nuevo por aquí".
Por eso, no dejemos para mañana lo que podamos hacer hoy; no aplacemos para otro momento el decir "te quiero" a quien amamos; o el pedir perdón a quien sabemos que sufre con nuestra distancia; o el apoyar una causa justa, o el oponernos a una injusta. Que nuestras palabras, ajenas a la ironía o al insulto, sanen a las personas y no las aíslen o empequeñezcan. Que nuestros actos ayuden a que haya más alegría, paz y justicia en la tierra.
Siendo así, viviendo así, poco nos importará si quedan 700 días o 700 años. Habremos cumplido con lo que se espera de nosotros. Habremos sabido estar a la altura de las circunstancias, porque, como dijera Abraham Lincoln:"Lo que importa no son los años de la vida, sino la vida de los años".

No se contradice con lo que leo: el día de ayer existe, y el de antes de ayer también; con todo lo bueno que se haya hecho. La lástima es lo fácil que se olvida.
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