SAN JOSÉ
Iglesia de San Felipe Neri – 15 de marzo 2008
Esta mañana, en el desayuno, he comentado a un miembro de la comunidad marianista que comenzaría mis palabras sobre San José contando un chiste. Por más que él me ha pedido que no lo hiciera, por una vez al menos no seguiré su sabio consejo.
El chiste es el siguiente:
Cuando en vísperas de la Navidad llegaron José y María a Belén, resultó que no encontraron alojamiento: no había sitio en la posada. José, entonces, y para tratar de que el posadero se compadeciera de ellos, le hizo ver que María estaba a punto de tener a su Hijo. El posadero, insensible a esa petición, dijo: "¡Yo no tengo nada que ver con ese hijo". A lo que José replicó: "¡Ni yo tampoco!".
Ese chiste, contado, por cierto, en una iglesia y por un arzobispo, tendrá más o menos gracia, pero, en todo caso, está profundamente equivocado porque José tenía mucho, muchísimo, que ver con ese Hijo.
Me explico.
Cuando Dios Padre, en un infinito impulso de amor por todos nosotros, decidió que su Hijo se hiciera hombre para salvarnos y llevarnos a la plenitud de la Vida, quiso hacerlo contando con nuestra colaboración. No quiso imponernos, como un dictador, su voluntad - aunque fuera una voluntad buena para nosotros -, sino que quiso - y sigue queriendo - contar con nuestra colaboración, con nuestra libertad para aceptar o no esa propuesta de salvación.
Hizo, en primer lugar, su invitación a María. Recordamos la escena de la Anunciación y cómo, tras el anuncio del Ángel, María dice "SÍ" al proyecto al que Dios le invitaba.
Hoy, en el Evangelio, hemos escuchado otra Anunciación, la Anunciación a José, cuando el Ángel le invita a aceptar en su vida al Hijo de María, su esposa, y le indica el nombre que debe poner al niño: Jesús.
No tiene razón el chiste del arzobispo. ¡José tiene mucho que ver con ese niño, con Jesús!
José y María van a acogerlo en sus vidas, van a cambiar para ello todos los planes acerca de su futuro que podían haber imaginado, y van a hacerse cargo de Jesús. Le van a dar un hogar; le van a permitir que crezca sano y feliz; que se forme como buen creyente en la fe de su pueblo; y le van a acompañar en su crecimiento para que, cuando llegue su hora, aquel niño pequeño sea un hombre maduro, capaz de vivir su misión, entregado a la voluntad del Padre.
Jesús necesitó a José y a María y ellos, respondiendo a la llamada del Padre, pusieron sus vidas al servicio de Jesús y de su misión.
Muchos serían los momentos de gozo que María y José tuvieron que vivir, y muchos también los momentos de incertidumbre que les tocó pasar. José, también, como María ante algunas cosas que no iba comprendiendo "las guardaría en su corazón", es decir, las pensaría y rezaría tratando de entender qué le estaba diciendo Dios en ese momento.
Y, sin duda, esas cosas también las dialogaría. Me gusta imaginar lo que, sin duda, sucedería con frecuencia – como sucede en cualquier matrimonio -. Me gusta imaginar a María y a José, hablando, compartiendo sus inquietudes, sosteniéndose mutuamente, dándose ánimos cuando alguna cosa no se acaba de entender o parecía contraria a lo que Dios les había anunciado acerca de su Hijo. Ante la rutina de todos los días, ante la no aceptación de Jesús por parte de las autoridades religiosas, etc., más de una tristeza y desánimo les asaltaría. Y allí estaba José junto a María; y María junto a José: llevando entre los dos la misión de acompañar, de educar a su Hijo en su crecimiento, defendiéndolo, educándolo… Por esa unidad entre los dos esposos, por esa dedicación a su hijo, María y José son los patrones y protectores de las familias, y el modelo de educadores. Por eso, en este Colegio, nos confiamos a ellos y nos ponemos bajo su protección. Ese acompañamiento, esa protección de José sobre Jesús, es lo que llevó al Papa Pío IX a proclamar a San José, Patrono y Protector de la Iglesia Universal.
Permitan que les diga que a mí me gustan mucho más las imágenes que representan a la Sagrada Familia, a los tres, que las que representan a María sola con su Hijo, o a José solo con Jesús. ¡Si son una familia! Y, como se sabe, en las familias, los más bonitos son los retratos en que todos aparecen juntos (y diciendo "güiski").
Mis hermanos de la Comunidad saben que cuando vamos a visitar una Iglesia yo me fijo si hay en ella una estatua de San José. Y si la hay, que casi siempre suele haberlas, les miro con cara resplandeciente, y les digo: ¡"Esta es una Iglesia católica!". Ellos, que son unos santos, me aguantan una y otra vez. Saben que no descansaré hasta que esta misma Iglesia donde ahora estamos acabe siendo también ella, "católica", y haya una imagen o un cuadro de la Sagrada Familia.
Los Evangelios no recogen ninguna palabra pronunciada por José. Recogen, eso sí, hechos de su vida que nos hablan de él y de cómo se puso por entero al servicio de lo que el Padre le había pedido: que fuera, junto con María, los acompañantes, los protectores de Jesús.
San José, sin embargo, sabemos con toda seguridad que sí dijo, al menos, una palabra. Cuando un hombre en Israel tenía un hijo, le preguntaban qué nombre se le iba a poner. José no lo dudó: le puso el nombre que el Ángel le había dicho. Dijo. "Jesús. Este niño se llamará Jesús. Este niño es Jesús". Sabemos, porque la ley de aquel entonces nos lo dice, que al menos esas palabras sí que saldrían de la boca de José. Y sabemos también lo que quiere decir la palabra "Jesús": "Dios es el Salvador". José, cuando le preguntan por el nombre del niño, está diciendo su nombre, y está diciendo su misión. "Este niño es la salvación que Dios nos ha prometido". José, treinta años antes de Juan el Bautista, está proclamando al mundo quién es Jesús y a qué ha venido al mundo. Es decir, que parece ser que José no hablaba mucho pero,¡ cuando lo hacía, menuda boquita tenía …".
¡Qué equivocado estaba Usted, señor Arzobispo, con su chistecito! ¡Vaya si José tuvo que ver con Jesús!
Los Marianistas tenemos mucha devoción a San José. Es, junto con San Juan el discípulo que recibe a María al pie de la cruz, el Patrón de la Compañía de María. Nuestro Fundador, se llamaba Guillermo, pero en el momento de su confirmación se añadió el nombre de José. Ese nombre aparece en su firma:" G. Joseph Chaminade": Guillermo no aparece más que con la inicial; José aparece entero. Por eso, desde entonces, todos los Superiores Generales de los Religiosos Marianistas, sucesores del P. Chaminade, añaden a su nombre – si no lo tienen ya – el nombre de José; y a Él se encomiendan.
Para nosotros, José es el primer Marianista, el primero que hizo Alianza con María para, entre los dos, y llenos de Espíritu Santo, hacer posible que Jesús pudiera presentar la Buena Noticia del Reino de Dios. Por eso José es tan importante para nosotros. Porque siendo un hombre como los demás, porque teniendo sus sueños y sus planes, supo dejarlo todo para incorporar a su vida la voluntad de Dios.
Por cierto, ¿saben lo que significa en hebreo el nombre de José? Significa: "Que Dios añada" (*). José hasta en su mismo nombre estaba abierto a Dios, estaba dispuesto a aceptar de Dios lo que le pidiera. Y Dios quiso añadir algo en la vida de José. No le bastaba con que fuera un "hombre justo": quería mucho más de Él. Y, por eso, Dios añadió en la vida de José, como en la de María, como en la de todos nosotros, algo que no podríamos ni tan siquiera imaginar: la invitación a hacer de nosotros sus socios, sus colaboradores activos para que Jesús se haga presente en la vida de todos los hombres y de todas las mujeres, y para que traiga a esas vidas, paz, felicidad, amor, fraternidad.
San José, María, el Padre Chaminade, escucharon la voz de Dios que les pedía ayuda, y dijeron "¡Sí, aquí estamos, cuenta con nosotros!".
Nosotros, como ellos, escuchamos también hoy esa misma voz del Padre que dice que nos necesita para seguir anunciando la Buena Noticia. Que como María, y José, nosotros sepamos también decir que "SÍ", con nuestras palabras y, sobre todo, con nuestras vidas. Que, como José, estemos dispuestos a que Dios añadasus planes a nuestros planes; lo que Él espera de nosotros, a lo que esperamos nosotros de nosotros mismos.
Así sea.
(*) La Biblia Didáctica. La casa de la Biblia. PPC-SM, Madrid, 2005. p. 1042
Palabras pronunciadas en la eucaristía celebrada en el Colegio San Felipe Neri el día de San José. 19 de marzo 2008

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