Publicado en Diario de Cádiz el 22 de marzo, 2010
El 24 de marzo de 1980, mientras celebraba la Eucaristía, moría asesinado Mons. Oscar Arnulfo Romero, Arzobispo de San Salvador. Desde entonces, y cada año en esa fecha, por encima de credos y fronteras se hace memoria del buen pastor que, como Jesús y con Jesús, entregó su vida por su pueblo.
¿Qué decir de Mons. Romero? ¿Cómo recordarlo? Tal vez con las palabras pronunciadas por los Obispos que asistieron a su entierro: "Por defender la vida de su pueblo, una sociedad justa y en paz, ha sido asesinado como Jesús. Ante su cadáver, queremos comprometernos en la línea de Mons. Romero. Queremos terminar su misa inacabada, y mantenernos cada vez más firmes en la lucha por la justicia y en ser fieles testigos de Dios y de su Reino".
Con la misma fuerza con la que pronunció su última homilía la víspera de su asesinato, nos siguen llegando sus palabras en las que pedía a los soldados que no siguieran matando al pueblo. "Ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: 'no matar'. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!". En África se dice que "la mejor manera de honrar a un muerto es cultivar su campo". Honremos así a Mons. Romero: continuando la misa que no le dejaron concluir; siendo testigos y profetas de vida y esperanza; alzando nuestra voz contra toda injusticia, lejana o cercana; proclamando, con él, que "la gloria de Dios es que el pobre viva".
Tengo una foto en mi despacho en la que Juan Pablo II reza, arrodillado, ante la tumba de Romero. Recemos también nosotros: ¡San Romero de América, ruega por nosotros, por los pobres, y por la Iglesia!
¿Qué decir de Mons. Romero? ¿Cómo recordarlo? Tal vez con las palabras pronunciadas por los Obispos que asistieron a su entierro: "Por defender la vida de su pueblo, una sociedad justa y en paz, ha sido asesinado como Jesús. Ante su cadáver, queremos comprometernos en la línea de Mons. Romero. Queremos terminar su misa inacabada, y mantenernos cada vez más firmes en la lucha por la justicia y en ser fieles testigos de Dios y de su Reino".
Con la misma fuerza con la que pronunció su última homilía la víspera de su asesinato, nos siguen llegando sus palabras en las que pedía a los soldados que no siguieran matando al pueblo. "Ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: 'no matar'. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la ley de Dios. La Iglesia, defensora de los derechos de Dios, de la Ley de Dios, de la dignidad humana, de la persona, no puede quedarse callada ante tanta abominación. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada vez más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!". En África se dice que "la mejor manera de honrar a un muerto es cultivar su campo". Honremos así a Mons. Romero: continuando la misa que no le dejaron concluir; siendo testigos y profetas de vida y esperanza; alzando nuestra voz contra toda injusticia, lejana o cercana; proclamando, con él, que "la gloria de Dios es que el pobre viva".
Tengo una foto en mi despacho en la que Juan Pablo II reza, arrodillado, ante la tumba de Romero. Recemos también nosotros: ¡San Romero de América, ruega por nosotros, por los pobres, y por la Iglesia!

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