FIN DE CURSO
A mi madre, que es una excelente cocinera, no le gusta que le digamos "gracias" cuando hemos comido lo que nos ha preparado; pero hay dos cosas que, de un modo u otro, nos reclama: que lo acabemos todo, y que le digamos que estaba bueno. "No soy santa Teresa", suele decir.
Como a mi madre, a todos, santa Teresa incluida, nos gusta que se reconozca lo que hacemos. Por eso, al terminar el curso escolar 2009-2010, quiero recoger en esta columna la gratitud de la sociedad gaditana a quienes, en todos los colegios, han dado lo mejor de sí mismos para lograr una mejor educación de nuestros hijos, y alumnos.
"El futuro del mundo pende del aliento de los niños que van a la escuela", dice un hermoso proverbio judío. Por eso es tan importante el papel de los educadores, ya sean éstos, profesores o miembros del PAS (Personal de Administración y Servicios). A lo largo de un curso puede haber, junto a los muchos aciertos, algunos desaciertos; pero por encima de todo destacan la entrega y profesionalidad de los educadores, y el respeto a los alumnos con el que desarrollan su tarea.
Dice el Ministro de Educación, Ángel Gabilondo, que el mensaje del educador al alumno no es "haz como yo", sino "hazlo conmigo". Esas palabras me recordaron las del maestro Olegario González de Cardedal cuando decía que educar es ese encuentro entre dos vidas: una que, tras años caminando, quiere compartir la sabiduría aprendida en el camino con otra vida que está comenzando. ¡Hermosa y difícil tarea!
Nos vendría bien ser más agradecidos. Nos ayudaría si dijésemos, de vez en cuando, a los conductores de autobuses, a quienes trabajan en el mercado, tiendas o bancos, a los funcionarios y autoridades, a las amas de casa, a los sanitarios, a los curas y religiosos, a los periodistas, y a un largo etcétera, que la sociedad reconoce y agradece sus trabajos. Hoy, al fin del curso, ¡gracias a los educadores! Porque se lo merecen; y, porque, como no son santa Teresa, necesitan escucharlo.

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