LEER Y SUBRAYAR
Acabo de regresar de la Feria del Libro. ¡Qué gozada pasear en medio de tantos libros, en un marco tan hermoso como el Baluarte de la Candelaria! Confieso que, muchas veces, cuando entro en una librería, y salvo que vaya buscando un libro en concreto, me abruma el verme rodeado de tantos cientos de títulos. No sé por qué, pero en la Feria del Libro todo es distinto. Disfruto recorriendo las diversas librerías, hojeando los libros con calma, saludando a los amigos que allí siempre acabas encontrando.
Últimamente se insiste mucho en la necesidad de fomentar la lectura entre nuestros niños y jóvenes y no me extraña, porque es mucho lo que se pierde quien no goza leyendo. Leer es dialogar. Y es vivir. Al leer se produce, de un modo casi mágico, un silencioso diálogo entre escritor y lector. Y también, y aquí hay más misterio todavía, un diálogo sereno del lector consigo mismo. Al leer, avanzamos por un camino que nos interpela, nos intriga, nos apasiona, nos emociona, nos desafía, nos hace recordar… Leer es un continuo descubrimiento, una invitación a la novedad, a la alegría de compartir una idea con otro, al gozo de recibir el regalo de una inspiración que te asombra y maravilla, y que, a veces sin saberlo, esperabas hacía tiempo.
Yo, casi siempre, leo con lápiz. Subrayo mucho, y no solo cuando tengo ante mí un ensayo sino con cualquier tipo de libro o género literario. Cuando, tiempo después, a veces años, releo ese libro y me encuentro con párrafos que un día subrayé, ese diálogo que es la lectura se enriquece todavía más al haber tres sujetos implicados: el autor, el lector que yo fui, y el de ahora. ¿Por qué subrayé esta idea, y no esta otra? Como ven: ¡soy un apasionado de la lectura, y de los libros! Con razón los egipcios llamaban a las bibliotecas el tesoro de los remedios del alma, porque en ella se curaba la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades y el origen de todas ellas. Por ello, si me permiten un consejo, lean mucho. Y con lápiz.

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