lunes, 29 de noviembre de 2010

Discurso de aceptación del Drago de Oro

ENTREGA DEL PREMIO "DRAGO DE ORO" - ATENEO DE CÁDIZ

DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ

19-11-2010

 

 

1.- Buenas noches a todos.

 

Veo la Sala repleta de caras amigas.

 

Mi madre, mis hermanas y mi cuñado.

 

Amigos que sirven a la sociedad desde la Administración, la Política y la Iglesia.

 

Religiosos marianistas de las comunidades de Cádiz y Jerez, así como otros miembros de la Familia Marianista.

 

Compañeros de trabajo, alumnos y familias del Colegio San Felipe Neri.

 

Y otros muchos amigos de muy diversas procedencias.

 

Gracias a todos por estar aquí esta tarde.

 

 

2.- Gracias, amigo Ignacio, Presidente del Ateneo de Cádiz, y gracias a los demás miembros del Jurado por esta distinción que tanto nos honra a mí, a mi familia y a los Marianistas.

 

Estoy seguro de que son muchísimos los ciudadanos de Cádiz -muchos de ellos aquí presentes- que merecen ese Premio más que yo, pero, una vez concedido, lo acepto con sencillez, con  alegría y gratitud, considerándolo un impulso para seguir adelante.

 

Gracias también, a José Luis Reyes y a Inmaculada Arjonilla por vuestra magnifica interpretación musical.

 

 

3.- Y gracias, cómo no, a José Antonio Hernández  por sus palabras.

 

Por cierto, José Antonio, ¿seguro que no te has equivocado de carpeta? ¿Seguro que no hablabas de a algún otro Javier? ¿No? ¿Seguro?  

 

En ese caso, tendré que recordar lo que me sucedió hace unos años con un marianista norteamericano. No recuerdo bien con ocasión de qué -si es que hizo algo extraordinario, o escribió algo muy hermoso-, pero el caso es que le envié una carta felicitándole. No he olvidado su respuesta. Me dijo que cuando leyó mi carta, se levantó de inmediato y se fue a la sala de comunidad donde estaban otros marianistas a los que preguntó:"si le notaban algo raro". Cuando, sin entender la pregunta, le dijeron que le  veían como siempre,  él, más calmado, les comentó: "Menos mal. Por un momento creía que estaba muerto y no me había dado cuenta; porque me han mandado una carta diciéndome cosas que solo se dicen cuando uno ya está muerto".

 

José Antonio, si ni te has equivocado de carpeta, ni yo estoy muerto, no me queda más remedio, entonces, que acordarme de una persona maravillosa a la que tuve el privilegio de conocer en mis años de Roma. Cuando al cardenal argentino Eduardo Pironio, en algún acto público, le decían cosas muy hermosas -que él sí merecía-, respondía  siempre: "Gracias. Ojalá pueda llegar a ser como crees que soy".

 

Hago mías esas palabras:" José Antonio, ojalá pueda llegar a ser como me has descrito. Tus palabras me indican el camino. Gracias".

 

 

4.- Ahora, tras estos saludos y agradecimientos, permitan que improvise unas palabras.

 

Por cierto, hablando de "improvisar", quisiera recordar algo que le sucedió a Churchill un día en que, tras pronunciar uno de sus magníficos discursos, se le acercó un joven político que le admiraba mucho. "Sir Winston, permita una pregunta". "Dígame, joven". "¡Cómo me gustaría, Sir Winston, ser un orador tan bueno como Usted. Respóndame, por favor: ¿qué discursos le salen mejor, los que prepara de antemano o los que improvisa?". "Los que improviso, naturalmente, joven" contestó Churchill. "Los que improviso dos semanas antes de pronunciarlos".

 

Permitan, entonces, que les lea unas palabras que llevo improvisando en las dos últimas semanas.

 

4.b.- Pero todavía, antes de comenzar con la improvisación, quiero decirles que me costó bastante decidir sobre qué tenía que hablar. Nunca me han dado un premio y no sé qué cosas se suelen decir en esas ocasiones. O sea que pregunté a un amigo: "¿De qué hablo?". Y ese amigo, José María -a quien recuerdo con mucho cariño en estos momentos en que está pasando por una situación delicada de salud-, me dijo. "Si te han dado el premio a ti, ¡tienes que hablar de ti!".

 

Tenía también la duda de cuánto tiempo debía hablar. Se lo pregunté a Ignacio Moreno, que me dijo: "Unos veinte minutos".

 

¡Veinte minutos hablando de mí puede ser letal, pensé! Pero al final me decidí, y es lo que voy a hacer. POR CIERTO, ES INÚTIL QUE TRATEN DE HUIR ANTE ESTE ANUNCIO: HE PEDIDO QUE CIERREN LAS PUERTAS!

 

Comencemos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

5.- En un marco tan solemne como éste, quiero comenzar con una imagen que Jorge Manrique recoge tan bellamente en su poesía: "NUESTRAS VIDAS SON RÍOS".

 

Esta imagen de la vida, como un río, me ha cautivado siempre, porque un río es, por definición, algo alegre, hermoso, abierto a recibir las aguas de otros ríos, y a compartir, también,  las suyas para formar entre todos algo cada vez más grande.  Un río, además, contiene vida, y con su riego, ayuda a que haya vida.

 

¿Qué mejor metáfora, entonces, para decirles algo de mi vida que presentarla bajo esta imagen? La imagen de un río.  

 

Un río que comenzó, hace ya años, a orillas del Cantábrico, a los pies de la Concha donostiarra. Un río, que, tras recorridos varios, me ha traído hasta Cádiz, donde hoy vivo, y donde  reconozco, en mi cauce, las aguas de otros ríos. ¡Qué gozo el haber vivido compartiendo  corriente con la de  familiares, amigos, vecinos, compañeros! Así ha sido mi vida, y así quiero narrarla. .

 

¿Qué cómo es mi vida? Muy sencillo: Soy un hombre habitado; un río enriquecido por otros muchos ríos.  

 

El de mi padre, el primero. Callado, reflexivo, buen padre de familia  y buen amigo. La catedral de San Sebastián resultó ser pequeña en su funeral. ¡Hasta hubo gente de pie!

 

Y el agua de mi madre. Buena madre y, ahora,  abuela. Buena amiga de sus amigos, y de los míos, a los que cuida mejor que yo. Despierta y atenta siempre a lo que pasa. Rezadora por toda la familia. Y feliz con la decisión de este Jurado que  le ha proporcionado una excusa para venir a Cádiz, "fuera de temporada", porque nunca falta a su visita anual, en otras fechas.

 

Lo mismo que  mis hermanas y cuñado, también aquí presentes. Las aguas de mis hermanos -somos cinco- unidas, diferentes,  compartiendo momentos buenos y malos, como sucede en todas las familias. .

 

Y, ¡cómo no! Reconozco en mí río un agua con denominación de origen, el agua marianista. Tampoco sin ellos sería lo hoy soy. Me han acogido, querido, respetado en mi modo de ser, y animado a seguir siempre adelante. Tratándome con libertad, porque así hemos aprendido de nuestro Fundador el beato Guillermo-José Chaminade el cómo comportarnos entre nosotros, y cómo tratar a los demás, a los alumnos.

 

Y recuerdo y reconozco aquella agua gaditana de mi primera etapa en esta ciudad, (1971-1982), en la que hice tantos y tan buenos amigos, y en la que tantos ríos se mezclaron con otros muchos ríos, porque era urgente entonces acabar con lo que impedía el libre curso de las aguas, la libertad de un pueblo que quería discurrir alegre y jubiloso. ¡Felices tiempos de tanto río mezclado  y sueños tan  hermosos compartidos, en los que no faltó ninguna agua, en los que nadie faltó a la cita!

 

 

 

 

Y luego fue Madrid. Primero en la enseñanza. Descubriéndola, al igual que la poesía,  como una herramienta capaz de sanar el presente y generar futuro. Como un desafío a vivir de tal modo que ayudes, y no des-ayudes a otros, porque "el profesor debe profesar" lo que dice y cree, como recordaba el maestro Olegario González de Cardedal.

 

Más tarde, en Justicia y Paz, un organismo creado por la Iglesia del Vaticano II para luchar por la defensa de los derechos humanos, la paz y de la justicia.  Conociendo personas y recorriendo el mundo. Y aprendiendo que la vida y sus servidores carecen de etiquetas. Que el  mundo está repleto de hombres y mujeres que son buenos y trabajan por la paz. Y que en ese trabajo caben todos: los blancos y los negros; los que creen en esto, o en aquello, o en nada;  los que hablan de un modo y los que lo hacen de otro;  los que aman de un modo y los que lo hacen de otro; los que piensan de un modo y quienes lo hacen de forma diferente. En esa lucha por otro mundo posible y necesario, he descubierto que no sobra nadie. Bueno sí, sobran los malos. Que los hay. ¿Agua de esos? ¡Ni mijita!

 

Diez años luego en Roma y, desde allí, y con los marianistas, conociendo otros ríos de todos los colores, mezclándome con ellos.  Descubriendo las bellezas   del mundo; la solidaridad del mundo; pero también, las urgencias inaplazables  del mundo. Y sabiendo que tengo -tenemos-, el deber de relativizar muchas cosas en nuestra vida, y el de cambiar muchas de nuestras prioridades mientras que, para miles de millones de personas la pregunta de todos los días sea: "¿Hay vida antes de la muerte?". 

 

Años fascinantes, de aprendizaje continuo. A quienes nos ha correspondido, de un modo u otro, ejercer un cierto liderazgo social, qué bien nos viene recordar la sabia parábola  de los Masai, en Tanzania:

 

Cuando en una de esas tribus comienza su mandato un nuevo jefe, los ancianos no le entregan un bastón de mando ni una espada; le entregan un huevo crudo. Y todos entienden el mensaje. El jefe debe tratar a su pueblo como tiene que sostener el huevo: con firmeza, para que no se caiga y se destroce; con delicadeza también, porque si lo aprieta mucho, se romperá.

 

Años fascinantes. De continuo aprendizaje. Imposible olvidar tantos recuerdos. Imposible olvidar  -una vez más, un recuerdo africano, porque África me ha marcado mucho,  y que me lleva a mirar con tanta admiración y respeto a los inmigrantes africanos que viven entre nosotros, ejemplos tan  vivos de coraje y de ganas de hacer frente a la vida que creo que Dios los ha puesto entre nosotros para que despertemos de nuestra comodidad y pereza; ejemplos tan fuertes  de amor a sus familias y a la vida, que creo, a veces,  que no nos los merecemos - imposible olvidar, repito, aquel grupo de mujeres que, en Malawi, me explicaban sus planes para asegurar la vida y la educación de sus hijos, y donde, al escucharlas, deslumbrado, empecé a preguntarme si la sociedad y la Iglesia nos damos cuenta de todo lo que nos estamos perdiendo al no dar a las mujeres la posibilidad de aportar todo lo que podrían.    

 

Años fascinantes. De continuo aprendizaje. Tras haber recorrido bastantes  países, conocidos sus paisajes y sobre todo, sus hombres y mujeres, puedo decir con firme convicción: ¡Creo en la tierra!

 

 

 Y también en el Cielo. ¡Creo en el cielo! El cielo existe.  He notado su presencia en muchas personas y en muchas situaciones de este mundo;  y he conocido, también, qué pasa cuando falta. Por eso, al decir que creo en el cielo, no se trata de un cielo cualquiera, de un cielo barato que se encuentra tras las muchas ofertas comerciales que lo ofrecen. Creo en un cielo que es gozo, y  que es lucha; que es luz en perpetuo combate contra la oscuridad.  Creo mucho en el cielo, pero en un cielo que, lejos de evadirme hasta no sé qué alturas, al revés, me empuja irremediablemente hacia la tierra, y me pide que me comprometa con ella. 

 

Creo en un cielo que es…y aquí tomo prestada el agua de otro río que se llama José Antonio Pagola, para decir con él: "Creer en el cielo es resistirme aceptar que la vida de todos y de cada uno de nosotros es solo un pequeño paréntesis entre dos inmensos vacíos.

 

Creer en el cielo es para mí rebelarme con todas mis fuerzas a que esa inmensa mayoría de hombres, mujeres y niños, que solo han conocido en esta vida miseria, hambre, humillación y sufrimiento, quede enterrada para siempre en el olvido. Confiando en Jesús, creo en una vida donde ya no habrá pobreza ni dolor, nadie estará triste, nadie tendrá que llorar. Por fin podré ver a los que vienen en las pateras llegar a su verdadera patria.  No me resigno a que tantos esfuerzos por un mundo más humano y dichoso se pierdan en el vacío.

 

Quiero conocer a los verdaderos santos de todas las religiones y de todos los ateísmos, los que vivieron amando en el anonimato y sin esperar nada.

 

Siguiendo a Jesús, creo que un día conoceremos  lo que es vivir con paz y salud total. Y escucharemos las palabras del Padre: 'Entra en el gozo de tu Señor'".

 

Hasta aquí las palabras compartidas con Pagola.

 

Así creo en el cielo. Un cielo que se recibe como un regalo, pero también como una misión, una tarea, un desafío para transformar el mundo.

 

Creyente en cielo y tierra, aquí me tienen, de nuevo, de vuelta a Cádiz, en agosto del 2006,  tras 24 años de "gaditano por el mundo". Y estoy feliz.  En un Cádiz distinto al de ayer. Ni mejor, ni peor. El de hoy. El que apunta al mañana. Un Cádiz que me ha recibido como no me merezco, -¿qué mejor prueba que este acto?- y en el que, a los amigos de ayer, se han  sumado otros nuevos.

 

Un Cádiz rico en ríos. Con ríos muy diversos que siguen, como es lógico, cada uno su curso. Pero, si bien es cierto que el hoy no es el ayer,  y que la nostalgia ayuda si sirve de acicate pero no si nos tiñe de melancolía,  ¿no sería bueno que algunos de esos ríos se entendieran un poquito mejor entre ellos? ¿Qué mezclaran algunas de sus aguas: yo te acepto este litrito,  y tú a mí este otro?  Uniendo las corrientes,  el río es más potente,  y puede regar más,  y hasta llegar más lejos: al 12, y al 13, y al 14,…y al 15.

 

 

 

 

¿Te has fijado, Presidente del Ateneo, cómo lucen las lámparas de esta preciosa sala, cómo brillan los espejos,  y relucen los bronces? ¿Será que al estilo isabelino le sienta  bien la concordia, la amistad, el acuerdo? ¡Tal vez! ¡¡Quién sabe cuántos hermosos salones isabelinos tenemos en Cádiz? Yo, al menos, recuerdo dos. Y  a pocos cientos de metros el uno del otro.

 

Concluyo ya.

 

El Drago, lo sabemos, es un árbol muy bello. Llegó hace tiempo a Cádiz, aportando la belleza de las Islas Canarias. Cádiz, hospitalaria,  lo acogió y lo hizo suyo, como  nos ha acogido y aceptado a tantos. Es un árbol muy bello, pero hay que conocerlo, y hay que saber tratarlo. Es hermoso y es frágil. Tenemos que cuidarlo. Hoy, aquí, Drago-Cádiz, renuevo mi alianza contigo, y me ofrezco a compartir el agua de mi río con otros que te piensan, te quieren, te trabajan. Y, también, te disfrutan.

 

Quien recibe este premio es un río habitado, compartido. Por eso, lo recibo en nombre de todas las aguas que me han ido formando: mi familia -la natural y la marianista-; mis amigos de ayer y de hoy; la mujer de Nairobi que, con un microcrédito, sacaba adelante a su familia trabajando como peluquera; los marianistas que, en Corea del Sur que no se conformaban con un país dividido; o los que en Colombia luchaban contra la muerte  -a veces, pagando con su vida de mártires-; o los norteamericanos contrarios a las guerras; o los que no se resignan ante el hambre y el SIDA, el analfabetismo,  y se organizan y luchan contra ellos; o los marianistas que en Haití y en Chile levantan, una y otra vez, una escuela destruida; o todos los que en Cádiz, y en Europa, nos esforzamos para que nuestros jóvenes crezcan felices, responsables y solidarios, creyendo en la vida, e invitándoles a creer y  a vivir con el Dios de la Vida.

 

Comparto mi vida con todas esas aguas, con todos esos amigos que me han ido formando, con Ustedes que están entre esos amigos y compañeros de lucha por la vida.

 

En el precioso diploma del gran artista y amigo que es Luis Gonzalo, figura un nombre: el mío. Pero no se trata de mí, sino de nosotros, de todos los ríos presentes en mi río. ¿Recuerdan lo que pasa cuando al final de una etapa en una carrera ciclista entran multitud de corredores a la vez, en pelotón? Figura un nombre como ganador de la etapa, pero, en realidad, todos han ganado, todos han llegado en el mismo tiempo.

 

Hoy todos los que hemos corrido juntos durante  tantos años, hemos llegado juntos a la meta, hemos  ganado el Premio.  En mi nombre,  y en el de todos ellos:

 

¡Gracias!

 

 

 

 

Javier Anso, sm

Cádiz, 19-11-2010

Cuando un amigo se va

ALGO se muere en el alma, cuando un amigo se va". ¡Cuánta razón tiene ese canto popular! En estos días, la Comunidad Educativa del Colegio San Felipe Neri está de luto, y llora por la muerte de José María Rivas, amigo y profesor del Centro durante 32 años. En las semanas que estuvo ingresado en el Hospital, José María recibió pruebas del afecto de compañeros, y familias. Él se emocionaba, particularmente, cuando iban a visitarle grupos de alumnos a los que, con una memoria que para mí quisiera yo, reconocía por su nombre, y abrazaba. Murió en paz, rodeado del cariño de familiares y amigos. 

Cuando la noticia llegó al Colegio, hubo llantos y comentarios muy tristes, pero, sobre todo, un gran respeto. De repente, la muerte había hecho su aparición de un modo cruel en el colectivo de profesores y, sobre todo, de jóvenes y adolescentes. Éstos no tienen, como es lógico, más experiencia de la muerte que la de alguna persona, normalmente de edad avanzada, en su familia o en la de algún compañero; pero, de repente, se dieron cuenta que una persona que formaba parte del paisaje de todos los días, había fallecido. Hubo respeto, y silencio. A esas edades ya no se les ocurre preguntar, como dijo una niña de seis años cuando murió su abuela: "¿Se ha llevado su móvil? ¿Podré hablar con ella?"; a esas edades se dan cuenta de que la partida de alguien que conocemos nos está diciendo algo sobre nuestra propia vida, sobre cómo debemos vivir. "¡Sin dar tanta importancia a las cosas!", decía un profesor; centrándonos en lo que hacemos con nuestra vida, y en cómo ésta ayuda a mejorar el mundo.

"Vive el que ha vivido", decía Antonio Machado. José María ha vivido y, por ello, sigue viviendo en el cariño y el recuerdo de su familia y de los que le conocimos. Creyente, José María vive, sobre todo, en Dios, porque nuestras vida no son ríos que van a dar en la mar que es el morir, sino en la mar que es el seguir viviendo para siempre. Descansa y vive en paz, amigo.