Don Luis, el cura del pueblo durante cuarenta años, se iba a jubilar y los vecinos le quisieron hacer un homenaje. Invitado a hablar, dijo lo agradecido que estaba a todos y lo mucho que, con el paso de los años, había llegado a quererles. "Y eso que no pude empezar peor". Y añadió: "La primera persona que confesé nada más llegar me dijo que había matado a alguien; que robaba todo lo que podía a sus vecinos; que había tenido relaciones con la mujer de un amigo; que tomaba drogas, y que pegaba a su familia. Cuando escuché eso me horroricé y me pregunté adónde me había mandado el Obispo. Luego, al conoceros, he visto que sois unas personas maravillosas". Al terminar de hablar, todos le aplaudieron.
En esto, llegó el alcalde que era muy desordenado y nunca llegaba a tiempo a los sitios. Él también quiso sumarse al homenaje y pidió la palabra. "Muchas gracias, don Luis, por todo lo que ha hecho por nosotros. Y permitan que les diga, con orgullo, que yo fui la primera persona del pueblo que se confesó con él".
Señor alcalde, ¡no conviene llegar tarde a los sitios!
Conocí a un alemán que, por razones de trabajo, viajaba con frecuencia a América del Sur. Contaba que cuando convocaba una reunión decía que empezaría "entre las cuatro y media, y las cuatro treinta". Y, aunque al principio le costó que aceptasen su sistema, llegó a lograr que los que iban a verle se acostumbraran al mismo.
Pregunté, recientemente, a un profesor de inglés cómo se diría en su idioma: "primera convocatoria a las cuatro, y segunda a las cuatro y media". Me dijo que eso no existía en inglés. Que si la reunión es a las cuatro, es a las cuatro. Y punto.
Ser puntuales. Educarnos en la puntualidad. Para llegar a tiempo. Para entregar trabajos y cumplir la palabra dada. Puntualidad: una asignatura demasiado pendiente entre nosotros, pero que, como otras muchas, también podremos aprobar si lo queremos. Aunque, como se ha dicho, ¡lo malo de ser puntuales es que nunca haya nadie para apreciarlo!

No hay comentarios:
Publicar un comentario